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Artículos
Fernando Callejón

Nueva Medicina Germanica Articulos Fernando Callejon NMG GNM

En esta sección reproduciremos los mejores artículos de Fernando Callejón o reúmenes de estos cuando no se apegan totalmente a las 5 Leyes Biológicas de la Nueva Medicina.

El Dr. Fernando Callejón nació en Rosario, Argentina, en 1955. Se graduó de médico en la Universidad Nacional de Rosario en el año 1980. Cursó estudios de Psicoanálisis y Antropología Filosófica. En 1995 asistió a los seminarios dictados por el Dr. Ryke Geerd Hamer. Fue presidente del primer curso de Nueva Medicina en la Argentina en el mismo año. Dicta cursos y conferencias a nivel nacional e internacional.

Lista de temas de los artículos en esta página:

1. El milagro de curarnos.
2. Los tres factores de la curación.
3. Los cruzamientos.
4. ¿Qué es la enfermedad? (resumen).
5. Sobre la Nueva Medicina.
6. El páncreas (resumen).
7. La solución de los conflictos (resumen).
8. El sentido de estar enfermos.
9. El acto médico y el amor (resumen).
10. Manifiesto.
11. La trampa (resumen).
12. Las tres puertas (resumen).
13. Hacia el conocimiento.
14. Lo biológico (resumen).
15. El enigma del sentido (resumen).
16. Las dos posiciones (resumen).

 

1. El milagro de curarnos.

Nueva Medicina Germanica Articulos Fernando Callejon NMG GNM

En algún momento de nuestra vida, quizás no todos, pero sí la mayoría, sufrimos una enfermedad. El concepto que tenemos sobre ella no es un pensamiento más. Es una creencia, la de estar poseídos por una fuerza que no nos pertenece y que nos ataca. Si bien esta creencia es universal, no todos la vivimos de la misma forma. En occidente ha sido reforzada por la presencia de un sistema médico que ha obtenido un gran poder que lo ha legalizado colectivamente.

Podemos decir que la enfermedad es un invento. Como la luz eléctrica. La luz siempre existió pero lo que hizo el hombre fue poder manejarla y eso le dio poder. El malestar orgánico o emocional siempre existió, pero lo que hizo la medicina fue clasificarlo y eso le dio poder. La creencia sobre la enfermedad no sólo es la de una fuerza que nos ataca, sino que a partir de esa clasificación, es la de una fuerza que un grupo de personas (los científicos-médicos) puede dominar. O por lo menos ostenta un saber sobre ella y puede ejercer influencia sobre su evolución.

Esta influencia ha crecido desproporcionadamente en relación al saber. Actualmente las llamadas enfermedades son desmesuradamente influenciadas por la acción médica, sin que haya un saber que sustente lógicamente esa influencia. Se actúa sobre ellas sabiendo muy poco sobre el origen de la enfermedad y mucho menos sobre el sentido de la misma.

Pensemos en un simple resfriado. Se atribuye a un virus, pero no se lo combate a él, sino al resfriado. Se lo trata de abortar. Se usan antihistamínicos para que las secreciones disminuyan y muchas veces antibióticos porque se habla de alergias bacterianas o complicaciones infecciosas imposibles de comprobar. Esta metodología que influencia el curso de la enfermedad se basa en la misma teoría que sostiene que el Sol gira alrededor de la Tierra; la observación superficial de un fenómeno sin preguntar nada sobre las características del objeto sobre el cual el fenómeno actúa. Si la Física dependiera de los médicos, hoy seguiríamos creyendo que a la mañana el Sol está en el este porque a la tarde giró alrededor nuestro.

Pensemos en un tumor, un pedazo de carne que sobra. Los métodos médicos que influencian su destino se basan en la misma teoría de observación superficial y de ausencia de preguntas sobre las características del sujeto enfermo. El pedazo de carne está de más y hay que eliminarlo. Si no se puede con cirugía, se arrasa con drogas o radiaciones. Los físicos no manejan la medicina y los médicos terminan por creer que una resonancia magnética es una observación profunda. Se sigue observando el fenómeno y no la naturaleza ni el sentido del fenómeno.

Es así que ahora hay dos creencias: el malestar es una fuerza que viene de afuera y se puede influenciar sobre esa fuerza con un saber que se llama científico.

Volvamos al resfriado. Pensemos que quizás no es un virus el que lo produce (la fuerza externa), sino que es una de las formas que tiene el organismo de descargarse de una tensión que lleva demasiado tiempo acumulada. No hay fuerza externa. Los virus ya estaban y uno no se contagia de nadie, sino que son ellos los que comandan esta forma de descargarse. Esto no significa que no haya virus extraños al organismo y éste intente rechazarlos porque no los reconoce. Los virus son cadenas de información y si traen una información extraña e irreconocible, el organismo se niega a aceptarla y se produce el rechazo de la misma. Pero esto no es lo que ocurre en un resfriado común.

La medicina, en lugar de entender esto, ataca los síntomas para que el sujeto vuelva a la cadena de producción lo más pronto posible. Los médicos se comportan como aliados de un poder que exige productividad sin interesarse por la verdadera recuperación del cuerpo enfermo. El paradigma del agente externo como causa siempre presente de la enfermedad sirve a los mismos fines. Si hay un agente externo debe haber un poder que lo pueda combatir. Y ese poder es la científica medicina.

Quizás si esto hubiera quedado allí, tendríamos esperanzas de salir de esa trampa. Pero, lamentablemente, la influencia de la acción médica sin un saber lógico que la sustente generó tantos nuevos saberes vacíos que estamos atrapados en una red que se retroalimenta de otras disciplinas y de otros saberes. La religión, la Filosofía, la Psicología, aportan nuevos saberes a esta interminable creencia de la enfermedad como fuerza externa y a la existencia de un grupo que tiene un saber sobre ella.

Escuchamos conceptos que parecen valiosos: "Debemos aceptar la enfermedad si vamos a luchar contra ella." "La enfermedad es poderosa pero más poderosa es la salud". "La salud es el silencio de los órganos". "La enfermedad es un mal que debemos saber combatir". ¿Quién podría negar el valor de esas frases? Sin embargo, no sirven de nada. Son saberes que se basan en una creencia vacía. Y no porque no se pueda defender esa creencia, sino porque ya no sirve más.

En este contexto nos han quitado la libertad de elegir. En la historia de la humanidad siempre hubo bandos, romanos y griegos, árabes y españoles, buenos y malos, perversos y normales, nazis y judíos. El ser humano podía optar, aún cuando esa opción fuera equivocada. Ahora es imposible elegir, ya que se trata de nosotros o los virus, enemigos invisibles que destruyen a todos, sin excepción.

Las organizaciones mundiales encargadas de la salud avisan que futuras pandemias son inevitables y elaboran mapas con colores cada vez más intensos y tenebrosos. La humanidad toda enfrenta al enemigo invisible y no hay opción. Por primera vez, en cientos de años, se está tomando conciencia que no es la tierra la que está en peligro, sino esta especie que se ha creído excepcional y que ahora viene a enterarse que su desaparición es posible. La génesis de Adán y Eva ya no calma los temores de una especie que ha inventado el concepto de enfermedad y ahora el concepto en sí mismo la está arrasando.

La fuerza externa que nos viene a destruir supera ampliamente el saber autorizado del grupo de personas que la combate. El concepto se escapó de las manos y tiene vida propia. La gente ya no se muere de la enfermedad, sino del miedo que el concepto inventado le genera. El miedo no da tiempo a que la enfermedad actúe y nos mate, ya que crea por sí mismo una realidad mortal. Así lo relata el cuento sufí:

"Un sabio sentado en la cumbre de una montaña, ve pasar una sombra y pregunta: ¿Quién eres? La sombra le contesta: "Soy la peste". ¿Adonde te diriges? "A matar mil personas de ese poblado". Bueno, ve y mata. A los pocos días, el sabio se encuentra con un hombre y le pregunta: ¿De donde vienes? "Huyo de aquel poblado que ha sido atacado por la peste y ha matado treinta mil personas" Bueno, ve y huye. A las pocas horas, vuelve a pasar la sombra y el sabio lo detiene. Oye tú, me has engañado, dijiste que matarías mil personas y has matado treinta mil. ¿Porqué? La peste le responde: "No es cierto, yo sólo maté mil personas, el resto murió de miedo."

Como médico he presenciado muchas veces el fenómeno de una persona que en pleno estado de salud y por hallazgos casuales (pruebas de rutina o un médico demasiado inquisidor) ha sido diagnosticada de un tumor en hígado, pulmón o mama. A los pocos días de ese hallazgo, el estado de salud había empeorado dramáticamente. He visto a algunas personas morir en poco tiempo luego del diagnóstico. Eso es miedo, no es cáncer. Ese es el concepto que se le ha escapado de las manos al grupo de científicos que ostenta el supuesto saber de la enfermedad. Y ese concepto se ha desbordado y ha creado una realidad autónoma entre otras cosas, porque se ha colectivizado. Se ha vuelto un saber popular.

¿Quien no ha escuchado alguna de las siguientes frases?: "El cáncer de páncreas, cuando te lo diagnostican, ya es demasiado tarde"; "la quimioterapia te mata las células malas pero también las buenas"; "yo sé que me voy a morir, lo que no quiero es sufrir"; "nunca conocí a nadie que se salvara"; "la enfermedad avanza"; "hay que hacer algo", y tantas otras. El saber colectivo sobre la enfermedad no se diferencia mucho del saber de los médicos, muchos de los cuales jamás se harían (y lo dicen públicamente) el tratamiento que le indican a los pacientes.

Actualmente se escuchan muchas voces que cuestionan este concepto de la enfermedad, pero la mayor parte de las veces son ignoradas, reprimidas o tergiversadas.

Es en este contexto que debemos dejar de pensar en nuevos instrumentos contra la enfermedad para comenzar a pensar en un nuevo concepto de la enfermedad. Se gastan miles de millones de dólares en investigar y producir drogas cada vez más nocivas para la salud de la humanidad y no cesan de aparecer variantes de la misma enfermedad que no responden a esas drogas o las llamadas nuevas enfermedades sobre las que ni siquiera se tiene alguna droga con la que experimentar.

La ciencia se nota perdida y actúa sin lógica. Sólo intenta sacarse de encima un problema inmediato sin pensar en las implicancia futuras de su proceder. No interactúa con el resto de la sociedad que mira azorada la injusticia del poder del que participa. El gobierno que invierte doscientos mil millones de dólares anuales en productos farmacéuticos es el mismo que gasta tres millones de dólares por minuto en armas, mientras deja morir quince niños de hambre en esa misma cantidad de tiempo. La ciencia médica usa el mismo presupuesto manchado de sangre e injusticia. Y en esa confusión trata a los virus con la misma filosofía del gobierno que la sustenta: usa armas mortales.

Es justamente ese nuevo concepto de la enfermedad el que nos va a permitir salir del atolladero en el que el viejo concepto nos ha metido. Si luchamos contra la enfermedad, luchamos contra el mensaje que pretende curarnos. Cuando una mujer se nota un bulto en la mama, debe parar toda actividad y preguntarse qué le viene a decir ese bulto. Y si no lo sabe, debe recurrir a alguien que la ayude a interpretar ese mensaje. No debe salir corriendo en busca de ese personaje que detenta un saber sobre la enfermedad porque eso la cristaliza en el viejo concepto. Y a partir de allí, solo puede esperar que se instale una guerra en su cuerpo. Y el bulto no vino a declarar la guerra, sino a evitarla. Y no es que no debe hacer nada o curarse psicológicamente. Debe instalar la paz en su vida porque el bulto así se lo está exigiendo. Y eso no es poco, pero es mucho más de lo que la medicina pretende con su viejo concepto de instalar una guerra entre el cuerpo de esa mujer y el cuerpo de esa mujer.

Los poseedores del saber sobre la enfermedad se escandalizarán ante semejante propuesta. " ¡No hay tiempo que perder! ¡Si no actuamos ahora, su vida corre peligro!" Y comenzarán a citar estadísticas, no solo fraudulentas, sino aterradoras. Algunos optarán por hablar de los adelantos de la ciencia y nos citarán con absoluta seriedad los anticuerpos monoclonales, los hibridomas y la fusión entre los linfocitos B y los tumores. Suenan orgullosos de saber tanto. Y es un saber vacío, porque es eficaz contra el único mensaje que pretende curarnos. Pero además es un saber corrupto, montado en la sangre de millones de seres humanos, que en lugar de salvar sus vidas, la pierden definitivamente.

No es una lucha entre los que saben y los que no sabemos. Es una lucha entre dos conceptos; el de una humanidad que se destruye a sí misma y el de una humanidad que pretende sobrevivir.

La mujer del bulto en la mama deberá elegir y optar por quimioterapia, radioterapia y cirugía y así seguir avivando el viejo concepto que nos está destruyendo o podrá hacer un verdadero cambio en su vida y dejar de sufrir por su hija que la ignora o por su esposo al que no ama. En ese cambio habrá entendido el mensaje de ese bulto que viene a decirle: " ¡No pongas más el pecho! ¡Deja de ser madre y acepta ser mujer! ¡Libérate de ese hombre al que no amas!"

"¿Pero quién me da las garantías de que el bulto no crecerá o que sus células se irán a mi cerebro o a mis huesos?", dirá la mujer envuelta en las informaciones científicas, pero a la vez en la realidad de conocer a tanta gente que sigue ese camino. "Nadie", se le responde, "absolutamente nadie". Desde el viejo concepto (la enfermedad como fuerza que nos destruye), se le citarán estadísticas sobre lo que le podría pasar si no hace lo que el grupo que sabe le dice que haga. Desde el nuevo concepto (la enfermedad como mensaje para sobrevivir), se le pedirá confianza en que si hace los cambios que debe hacer, se curará. No parece ser muy interesante la opción.

Es así que la mayor parte de la gente opta por intentar hacer las dos cosas o parte de ellas o casi ninguna de ellas. O lo que sucede con frecuencia, opta por el viejo concepto y cuando ya no obtiene respuesta de él, se vuelca al nuevo concepto. ¡Cuánto miedo!

Filosóficamente, cualquiera de estas opciones viola uno de los principios en los que se funda la realidad, el de la no contradicción: "Una cosa no puede ser y no ser a la vez". Llamativamente, buena parte de los médicos del viejo concepto están apoyando estas opciones como si con ello colaboraran con la salud del paciente.

Sin embargo, esa es la realidad. El psicoterapeuta Mario Litmanovich dice claramente: "¡Necesitamos médicos sin miedo!; esa es la única manera de salir del atolladero". Creo también que necesitamos pacientes sin miedo.

Es desde este lugar que proponemos el milagro de la curación. Milagro viene del latín y su origen es asombrarse. Curación proviene de cuidado. De eso se trata, el asombro de cuidarnos, de protegernos, de no quedarnos solos y sentir miedo. Allí aparece el asombro. Todos estamos entrelazados y somos la humanidad. No somos el paciente enfermo, somos la humanidad enferma. Y entonces aparece el cuidado. La necesidad de tratarnos comos almas, no como cáscaras.

El médico alemán Hamer repetía en sus seminarios una presentación que siempre culminaba con un frase: "Necesitamos médicos de manos calientes que hagan de la medicina un acto sagrado". Allí estaba el centro de su propuesta. Sagrado siempre es citado como originado en sacrificar, pero el sacre es un ave de rapiña. Y así se llamaba al halcón en épocas antiguas. Un ave sagrada cuyas uñas retorcidas le permiten sobrevivir hasta que madura y se vuelven inútiles. Allí debe tomar la decisión de arrancárselas con el pico si pretende sobrevivir. Si lo hace, vive una nueva vida, una nueva oportunidad de ser joven y sagrado.

El milagro de curarnos es eso. Volver a nacer fuera de nuestros roles y percibirnos como almas que se relacionan con almas. Dejar de ser hijos, esposos, madres, padres, médicos, abogados, exitosos, fracasados o perversos. Y renacer como almas con cuerpos que son usados, no descuidados.

Para ello estamos acá. No para descubrir vacunas, sino para tomar conciencia de lo que somos y hacia donde vamos.

 

2. Los tres factores de la curación.

Nueva Medicina Germanica Articulos Fernando Callejon NMG GNM

Toda persona que cursa una enfermedad debe tener en cuenta tres factores que lo ayudarán a curarse:

1- Autoridad: éste término deriva de autor, que es el que crea, el que hace progresar. Lo primero que pierde un ser humano enfermo es la autoridad. No sólo sobre su cuerpo, ya que parte de su cuerpo se independiza de su voluntad y la enfermedad "no le obedece", sino hasta en las más pequeñas decisiones sobre su vida (ya no puede hacer lo que quiere y si no hace lo que le dicen, su vida corre peligro). La probable curación se ofrece a un precio muy alto. La autoridad se pierde cada vez más hasta el extremo de ser considerado un niño que solo debe obedecer si quiere lograr sanarse. Recuperar la autoridad sobre sí mismo y sobre un supuesto saber que no admite cuestionamientos es algo que un sujeto enfermo (o que padezca una crisis en su vida) debe plantearse y que cualquier tratamiento debe proponerlo claramente.

2- Inclusión: este término significa poner una parte dentro de otra o contener una parte en el todo. En la enfermedad la persona pierde la pertenencia a su grupo que ya no lo reconoce como una de sus partes. Se toma "licencia" y deja de ser quien era. Cae en una soledad que es propia de los exiliados. Puede estar acompañado de mucha gente, pero ya no se siente uno de ellos. Tampoco se siente como sus iguales, los enfermos, ya que su dolor es único y no lo puede compartir. Estar enfermo es salirse de esa normativa que llamamos salud, pero estar gravemente enfermo es quedar excluido de esa normativa que llamamos sociedad. Los enfermos graves son excluidos de la sociedad (cáncer, SIDA, Althzeimer) con eufemismos tales como internación, curas de salud o aislamiento por bajas defensas.

3- Amor: deriva del latín "a" (fuera) y "mort" (muerte). Aquí nos limitaremos a referirnos a las dificultades que surgen en tratar a los enfermos con muestras de afecto, escucharlos y tomarse el tiempo suficiente para hablar de sus necesidades y preguntas. No es habitual que esto ocurra en los pacientes con diagnósticos graves. Nos referimos al trato dispensado por los médicos, quienes son la tabla de esperanza fundamental de estos pacientes. Los tratamientos médicos no deben ser un calvario agregado al paciente, sino una fuente permanente de aliento y de estar comprometidos en la cura de la enfermedad.

Podemos decir entonces:

1- Nadie se cura sin autoridad.
2- Nadie se cura solo.
3- Nadie se cura sin amor.

Veamos algunas digresiones sobre estos tres factores.

Todos lo que han escrito sobre el papel del amor en la curación han afirmado que es el factor más importante en la cura. No tenemos dudas sobre ello, pero es necesario aclarar que el concepto y la vivencia que cada uno tiene del amor son tan inherentes al proceso de la cura que es imposible recetar fórmulas magistrales. Hay personas que se han curado por una palabra y otras que se han enfermado casi por la misma palabra. De ahí que sea tan importante conocer la historia de esa persona y el estilo que ha tenido en tratar de resolver los problemas del amor. Porque el amor trae problemas y muchas veces de lo que se trata no es de tener o no tener amor, sino de cómo sobrevivir ante tal presencia o tal ausencia.

Es aquí que debemos entender que el amor sin la inclusión y la autoridad no es relevante como factor de curación. Ellos tres forman una unidad.

El sujeto enfermo puede rechazar el amor y lo vive como un problema cuando su inclusión a su grupo de pertenencia se ve amenazada. El llamado enfermo terminal queda excluido de cualquier referencia al grupo de los vivos. Ya no puede hacer proyectos ni tener identidad humana porque su muerte es una certeza para muchos. Esta es la manera en que los vivos tratan a los muertos; ya perdieron su oportunidad y no pertenecen más a los proyectos de la vida. Es la exclusión más espantosa que un ser humano puede vivir, ya que ni siquiera tiene pertenencia al grupo de los muertos. Son "desaparecidos". Aquí el amor (fuera la muerte) está excluido y es habitual que se reaccione con franco rechazo frente a las muestras de afecto de aquellos que las proponen. Hay un ejemplo muy provocativo en la película Pach Adams, sobre como el humor sí puede lo que no puede el amor.

Otras veces, la demostración de cariño es lo único que permite la inclusión de una persona y es la confirmación de una pertenencia que sólo se percibe con tales muestras. Podríamos decir que ésta es una actitud femenina, al contrario de la anterior que sería típicamente masculina. Recordemos que el hombre vive la inclusión con un sentido dominante de "esto es mío y me pertenece"; la mujer lo hace con un sentido de identidad o de "aquí pertenezco". Estos comportamientos dependen en realidad del carácter de cada sujeto y no se refiere a su elección sexual, sino a su naturaleza masculina o femenina. Hay muchos hombres con conductas naturalmente femeninas y muchas mujeres con conductas naturalmente masculinas.

El amor y la inclusión generan una verdadera autoridad. Hellinger dice que tener autoridad es tener lo que el otro necesita. Se trata de crear un ámbito en donde el amor y la inclusión sean posibles. El progreso de tales conceptos necesita de la autoridad. El amor sin autoridad es sometimiento. La inclusión sin autoridad es obsecuencia. Los tres factores deben estar unidos para curar y para curarse. La autoridad sin inclusión es anarquismo. La autoridad sin amor es autoritarismo.

El orden médico es un orden sin amor ni inclusión. La asepsia de la medicina no incluye ningún otro factor que no sea la autoridad y ésta ha demostrado ser ineficaz sin los otros dos factores.

El amor sin inclusión es aislamiento. La leucemización de la medicina nos convierte en glóbulos blancos inmaduros y tan ineficaces que se nos excluye y se nos resta autoridad.

La inclusión sin amor es masificación. Somos un ejército de elementos inmunes anárquicos y autoritarios. Las enfermedades auto inmunes son la expresión de la falta de unidad de los factores de curación.

Debemos entender que el sistema médico está incluido sin amor en el sistema de la autoridad mundial. Su masificación sirve a los intereses de la autoridad mundial y no como algún desprevenido pueda creer, a los intereses del sujeto enfermo o de la sociedad enferma. Esta creencia de la medicina occidental como la única medicina creíble ha generado reacciones de defensa de lo que nosotros llamamos cuerpo biológico, que son similares a las reacciones defensivas que se han creado ante la masificación de los gobiernos opresores de parte de lo que nosotros llamamos el cuerpo social. Las reacciones biológicas las venimos conociendo como cáncer, SIDA, enfermedades degenerativas. Las reacciones del cuerpo social las hemos conocido como terrorismo, drogadicción, economicismo inhumano.

Esto es necesario entenderlo. La medicina está incluída, pero sin amor. Es por eso que la autoridad que surge de su visión del mundo es normativa, pero no efectiva. Tal inefectividad surge de la ausencia de uno de los tres factores de la cura y de la masificación que presupone la inclusión sin amor.

Esta posición extrapolada a la enfermedad del sujeto nos permite avizorar el papel de la medicina en las reacciones del cuerpo biológico a la normativa que propone, al concepto de salud. Como los gobiernos opresores arrasan con el terrorismo, la medicina reprime a estas reacciones de la masificación de la salud en el cuerpo. A estas represiones las llama quimioterapia, retrovirales, inmunosupresión.

La orden de destrucción que los gobiernos occidentales han dado sobre el cáncer y el SIDA (aún no entienden lo suficientemente el camino de aniquilación de las enfermedades autoinmunes) está llevando a la peor masacre sobre generaciones enteras a escala mundial. Ya se están leyendo estadísticas sobre la presencia de cáncer en una de cada cuatro personas y se presume que serán una de cada dos personas en diez años.

No se entiende el papel acelerador de la "aniquilación" en las reacciones cada vez más desmesuradas del cuerpo biológico. Esto sigue generando nuevas y peores enfermedades. La inclusión sin amor nos está llevando a lo que ni siquiera la exclusión ha logrado llevarnos: a no darnos cuenta que el aislamiento y el anarquismo (propias de la exclusión) ha generado mínimas cadenas informativas (virus, oncogenes) en relación a las máximas cadenas informativas que está creando esta masificación de la falsa inclusión.

 

3. Los cruzamientos.

Nueva Medicina Germanica Articulos Fernando Callejon NMG GNM

Pensemos en una gacela que descansa en un pastizal. Es pleno día y a lo lejos entre unas rocas observa la figura de un temible predador: el león. A partir de ese momento, la gacela activa los mecanismos de defensa que están programados en su cerebro y así se prepara para un posible ataque. Esta preparación genera una redistribución de la sangre hacia los órganos más importantes para la defensa (músculos, corazón, cerebro), quitándole sangre a la superficie del cuerpo. Las pupilas se dilatan para ampliar el campo de visión, puede haber eliminación de líquidos (diarreas, orina, transpiración) para aligerar el cuerpo, los músculos se contraen dispuestos al ataque, el corazón late más rápido para dar más oxígeno a los tejidos.

Todo esto no es pensado por la gacela, ni es un acto de voluntad o de estrategia. Es la evolución la que se encarga de poner en actividad estos mecanismos defensivos. Podríamos decir que "la evolución piensa por la gacela" que sólo se convierte en el receptáculo de ese pensamiento.

Durante millones de años la evolución buscó la mejor respuesta para enfrentar al león. Seguramente habrá intentado innumerables conductas alternativas hasta encontrar la mejor para asegurar una buena defensa. En ese tránsito se habrán cometido todo tipo de errores, pero un buen número habrá conseguido una estrategia posible. Los que sobrevivieron incorporaron esas conductas en sus cerebros a través de los genes y las han transmitido a las sucesivas generaciones.

Es por eso que la gacela que ha observado al león obedece a su cuerpo y esta obediencia no es fruto de una elección. Ella carga con esa respuesta y podrá luego elegir diversas conductas: retirarse, luchar, someterse. Eso dependerá de la "calidad" de la transmisión de aquel mensaje evolutivo. Habrá gacelas cobardes o valientes. Algunas suicidas y otra libres.

Ahí tenemos un punto de inflexión en el determinismo biológico cuyo desarrollo es asombrosamente más amplio en las conductas humanas, pero su base y sus límites tienen que ver con ese programa cerebral de respuesta condicionada ante la amenaza a la supervivencia. Sin ella no podemos entender ese punto de inflexión.

Este quizás sea el punto básico para llegar a comprender los cruzamientos entre lo físico y lo no físico. Cuando un ser vivo está sometido a este punto de inflexión y sus mecanismos condicionados se desbordan aparece lo que llamamos enfermedad. Creemos que sin ésta comprensión es imposible abordar cualquier terapéutica. Aquí se desarrolla el cruce entre respuestas físicas elaboradas en millones de años y realidades no locales que responden a una lógica distinta. Esta lógica de lo no local (no físico) no responde a los lineamientos de tiempo y espacio de la biológica y es por eso que necesitamos crear nuevos conceptos que permitan la referencia a ella en sus cruzamientos con la realidad física.

Un cruzamiento que habitualmente es negado o interpretado con ideas que se refieren a la lógica física. Creer que la enfermedad tiene su origen sólo en alteraciones moleculares, bioquímicas o genéticas es desconocer ese cruzamiento e impedir que un nuevo nivel de realidad se haga posible en el origen de la enfermedad. Al no percibir esto, el refugio es combatir ciegamente lo que se ve y lo que se considera real. Se ignora que el cuerpo está expresando esos cruzamientos con lógicas que no responden ni a la destrucción ni a la mutilación.

La gacela que ve amenazada su supervivencia también podrá enfermarse. Podrá hacer un cáncer de pulmón ante la persistencia del león por perseguirla. Podrá sufrir un glaucoma por el miedo que la acecha o de insuficiencia renal por quedar desarraigada de su entorno al huir. Sus enfermedades expresarán la respuesta biológica de su cerebro emocional ante la lucha por la supervivencia. La Naturaleza da muestras permanentes de esta linealidad.

Pero el ser humano se ha salido de esta linealidad. Aunque paradójicamente permanece en ella. Se ha producido un cruzamiento que exige pensar una nueva física que llamaremos "física del cruzamiento".

Los focos de Hamer

Como toda etapa nueva, es difícil aceptarla. Los conocimientos que posee la humanidad justifican un nivel de realidad al que se califica de "única verdad". Es muy duro para aquellos que han comenzado a percibir otros niveles de realidad, poder expresarlo sin entrar en profundas contradicciones con los principios básicos de la lógica.

Cuando estudiamos la historia de la medicina, nos asombran las explicaciones que se ofrecían en aquellos momentos sobre el origen de la enfermedad. Los demonios, los miasmas, la influencia telúrica, el aire que corría por las arterias, el útero que subía hasta el cuello eran considerados basamentos científicos que satisfacían los principios de la lógica. Recordemos uno de ellos, el principio del tercero excluido: "toda cosa es verdadera o falsa, no habiendo tercera posibilidad". Ellos consideraban todos esos orígenes verdaderos.

Aquellos que observaban otros niveles de realidad, que contradecían los pensamientos de la época, eran herejes que querían destruir un sistema que daba certezas. Y estas siempre fueron necesarias para la medicina. Aunque se podría escribir una historia del disparate con las certezas de aquella época (y con muchas de las actuales).

Los que veían algo distinto se sentían obligados a callar o a tener comportamientos francamente agresivos para ser escuchados. Paracelso refutaba la teoría de Galeno sobre la circulación del aire en las arterias (algo que ahora nos parece absurdo) y llegó a quemar en la plaza pública todos los libros de este médico que era considerado la máxima autoridad de la época.

Hoy también nos enfrentamos a similares dificultades. El Dr. Hamer, quien rebate con argumentos justos y posibles los fundamentos de la medicina actual, es encarcelado y obligado a callar. Una verdadera caza de brujas se instala sobre aquellos que siguen sus teorías. Los colegios médicos obligan a abjurar a todos sus colegiados de toda práctica basada en la Nueva Medicina, bajo apercibimiento de cancelarles su matrícula profesional.

Revivimos en nuestro inaugurado siglo las peripecias de aquellos que pueden (al igual que Paracelso) percibir niveles de realidad que las doctrinas establecidas aún no pueden considerar.

Sabemos que en algunos años más esta Nueva Medicina será considerada, mejorada y aplicada. Mientras tanto la transición nos obliga a fundar instrumentos que permitan crear la "masa crítica" que despertará el cambio.

Creemos que la idea de los cruzamientos entre la realidad física local y la realidad no física no local, puede actuar como cuña de este despertar. Uno de los representantes de este cruzamiento son las imágenes captadas por Hamer en las tomografías cerebrales. Sus mapas pueden ser estudiados por todos los médicos y analizados desde el conocimiento previo de las imágenes normales. La respuesta actual de "los que aún no pueden ver" va desde la indiferencia ante esas imágenes hasta la negación absoluta ya que según ellos son "artificios técnicos provocados por la interfase entre un tejido cerebral y otro".

Lo llamativo es que estas imágenes, llamadas Focos de Hamer (FH) siempre estén en un mismo lugar del cerebro cuando se trata de un tipo de enfermedad, pero en otro lugar específico cuando se trata de una enfermedad distinta. También es llamativo que cuando la enfermedad se supera, aparezca siempre acumulación de líquido (edema) en el lugar del FH.

El teorema de Bell

Los FH se convierten así en representantes de estos cruzamientos entre una realidad física (la enfermedad) y una no física (los sucesos conflictivos). Un cerebro que muestra imágenes cuyas características necesitan una percepción no habitual. Los que lo ven no pueden entender que lo que está no se vea. Los que no lo ven, se indignan que algunos vean algo que no está.

Pero el desafío es aún mayor ya que los que estudian los FH comienzan a verlos por todos lados. ¡Y muchos de ellos son realmente artificios técnicos! Esto nos hace recordar el comportamiento humano ante las epidemias. Primero se las niega, luego se aceptan casos aislados y por último se termina quemando a cualquier sospechoso.

De todas maneras, los FH están ahí. Son imágenes en forma circular, como dianas concéntricas que aparecen en el mismo momento en que se produce un acontecimiento que el ser humano vive como una amenaza a su vida, a la de sus seres queridos o a lo que considera su territorio o identidad.

La aparición sincrónica de un hecho físico con un hecho no físico es un cruzamiento entre dos niveles de realidad que se ven mutuamente afectados, traspasados en un instante por una percepción que origina cambios.

Psiquis-cerebro-órgano. Un sistema filogenéticamente unido. Si conocemos la enfermedad física, buscaremos la repercusión cerebral y el tipo de conflicto y allí estará. Si conocemos la TAC cerebral, buscaremos la repercusión física y el tipo de conflicto y allí estarán. Si conocemos el tipo de conflicto, buscaremos la imagen cerebral y la repercusión orgánica y allí estarán.

¿Qué es lo que sucede para que tres sistemas con lógicas propias reaccionen sincrónicamente?

La lógica del órgano es la que describe Hamer en la llamada Tercera Ley de la Nueva Medicina. La del cerebro es la del aprendizaje condicionado. La psiquis sigue la lógica de las leyes del lenguaje. Tres percepciones de la realidad que se activan sincrónicamente en un cruzamiento que hace reaccionar a las partes como un todo.

Una de las paradojas mas llamativas de la física cuántica es la conocida como la de Einstein-Podolsky-Rosen y que ocurre cuando un electrón y un positrón se encuentran y se destruyen. Allí dos fotones A y B parten en direcciones opuestas. A partir de allí, e independientemente de la distancia que los separe, reaccionarán siempre en forma sincrónica. Si A cambia su carga, B también lo hace. Lo que Einstein y sus colegas interpretaron como una paradoja que debía ser explicada racionalmente en algún momento, el físico J. Bell lo demostró científicamente en 1965. "Ninguna variable local oculta puede explicar las correlaciones que se dan en la paradoja EPR, lo que deja abierta la posibilidad, aún cuando las separen años luz de que las partículas permanezcan conectadas por un nivel subcuántico no local que nadie conoce."

Bell en su teorema demuestra que mientras la separación en el tiempo o en el espacio son "reales" en ciertos contextos, dicha separación es "irreal" o carece de importancia en la mecánica cuántica. Para Bell, la paradoja EPR sugiere que la información cuántica puede transferirse instantáneamente desde una parte del Universo hacia otra sin violar la teoría de la relatividad, ya que lo que se transfiere no es energía, sino información.

Un cerebro que recibe información de una fuente que forma parte del Universo (un conflicto real o simbólico) y responde sincrónicamente a esa información a la que está unida por ser parte del todo.

Esta maravillosa demostración de unidad no es comprendida por la medicina de la "especialización", que rechaza esta cosmogonía y propone tratamientos que corrompen esta unidad sin dejarle posibilidad de expresarse.

La Nueva Medicina introduce esta cosmogonía para comenzar a entender que la polaridad A y B son una unidad en busca de su integración. La comprensión que se hace de la enfermedad permite continuar esa búsqueda.

 

4. ¿Qué es la enfermedad? (resumen).

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Concebimos a la enfermedad como un programa creado por la Naturaleza, que surge de la interacción de todos los seres vivos y que tiene un claro sentido biológico, que es la superación de un obstáculo a la supervivencia. En este concepto debemos separar tres partes:

1) Es un programa creado por la Naturaleza: la enfermedad de ninguna manera es algo casual o un error. La Naturaleza nunca se equivoca. Las manifestaciones físicas y mentales han sido creadas en el curso de la evolución e inscriptas en el cerebro para ser usadas ante situaciones especiales. Muchas de ellas han sido muy útiles en determinados períodos de la evolución de los seres vivos y se reactivan solamente cuando existe un conflicto biológico.

2) Surge de la interacción de todos los seres vivos: la vida es una sola. Se manifiesta en el ser humano y en los demás animales; en los árboles y en el Cosmos; en todo aquello que Dios ha creado para que exista. Cuando entendemos esto, comenzamos a advertir que la posición egocéntrica del ser humano es una de las principales causas de la enfermedad. La experimentación con animales, la destrucción de los bosques, la contaminación del aire, además de ser una deshonra que pesa sobre toda la humanidad, manifiesta un absoluto desconocimiento de las leyes que la naturaleza ha impuesto y que son transgredidas continuamente por el gran predador del planeta: el hombre.

3) Tiene un claro sentido biológico, que es la superación de un obstáculo a la supervivencia: es necesario repetir que la Naturaleza nunca comete errores. Todo lo que hace tiene sentido, aunque aún no lo entendamos, o aunque ese sentido nos parezca contrario a nuestra lógica humana. La enfermedad surge en el ser vivo cuando su supervivencia se ve amenazada y se crea una situación que hace imposible una solución a esa amenaza.

El conflicto biológico

La insatisfacción de una necesidad biológica, cuyo sentido se traslada a las conductas humanas, es lo que llamamos conflicto biológico. Las necesidades biológicas fundamentales, es decir, lo que la Naturaleza le exige a los seres vivos que aprendan a superar en el curso de la evolución, son cinco: nutrición, reproducción, defensa, sostén y comunicación.

Tomemos una de ellas para entender el concepto de conflicto biológico. La necesidad de nutrirse implica detectar a la presa (verla, olerla, oírla) y luego cazarla. Una vez muerta, tragarla, digerirla y eliminarla (luego de aprovechar sus nutrientes). Cuando hay un obstáculo a algunos de estos pasos y ello amenaza la supervivencia del animal, se activa un programa de supervivencia para superar ese obstáculo.

Como estamos hablando del tubo digestivo la zona del cerebro que se activará es el Tronco Cerebral. Desde allí surgirán precisas órdenes a las células del tubo digestivo. Si no se consigue (caza) la presa, serán las células del hígado las que crecerán para aprovechar al máximo el escaso alimento que existe. Si la presa se ha tragado, pero es demasiado grande, serán la células del esófago o del estómago las que crecerán, para poder utilizar una gran cantidad de enzimas para facilitar su paso. Si la presa se ha digerido pero no se puede eliminar, serán las células del intestino grueso las que crecerán para poder cumplir con esa función. Como vemos, la única respuesta posible de todo el tubo digestivo ante la insatisfacción de nutrirse, será la proliferación celular que si se mantiene un tiempo generara una formación que llamamos tumor.

Lo que acabamos de describir es una respuesta biológica a una necesidad insatisfecha. Pertenece a una lógica somática que guarda relación con el período evolutivo en el cual esos órganos tuvieron origen. En esos período la única forma que tenían era un largo tubo que se fue diferenciando en funciones específicas, hecho que sigue ocurriendo en el período humano de cualquier feto humano.

Las células fueron diferenciándose para asumir funciones que los requerimientos de la naturaleza le imponía. No existía el Cerebro Moderno ni el lenguaje. El soma se expresaba a través del Cerebro Antiguo que respondía a una lógica de percepción del estímulo de una determinada zona cerebral y luego (por repetición o inhibición) creaba una asociación (estímulo - zona cerebral - órgano) que generó los primitivos mapas cerebrales que continúan aún actuando en nuestros cerebros.

Al aparecer el Cerebro Moderno y el lenguaje se recategorizaron estos antiguos mapas, a la vez que aparecieron otros nuevos, que establecieron contacto con los antiguos mapas cerebrales. Esta relación" primitivo-moderno" o "señal- símbolo" es la que permitió el traslado del significado de las necesidades biológicas a las típicas conductas humanas.

Así, los antiguos conflictos de nutrición, pasaron a convertirse (a través del lenguaje) en conflictos de poder, de insaciabilidad, de indigeribilidad, de suciedad. La proliferación del hígado podrá aparecer ante deudas económicas que la propia persona vive como una amenaza a su supervivencia, aún cuando exista suficiente alimento para comer. La proliferación de las células del esófago, se producirá ante situaciones familiares o laborales que la persona "no puede tragar". Las lesiones del intestino grueso, se generarán ante hechos por los cuales el paciente "se sienta cagado".

Toda una respuesta cualitativamente humana ante un hecho que deja de tener el monopolio psicológico y que solo desde la biología, podremos interpretar, diagnosticar y tratar.

 

5. Sobre la Nueva Medicina.

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Se llama Nueva Medicina a una serie de conceptos descriptos por un médico alemán, el Dr. Rike Geerd Hamer, a comienzos de la década del 80, que nos permiten una evaluación distinta del origen y del proceso de la enfermedad y que nos propone un profundo cuestionamiento a la relación entre el enfermo y el médico.

En éste breve artículo sólo tomaremos una parte de los conceptos de Hamer para tener un acercamiento a ésta propuesta que muchos definen como la medicina del futuro. Hamer describe una triple relación entre:

1) Ciertas zonas cerebrales (sólo visibles en una tomografía de cráneo).
2) Determinados conflictos que tienen que ver con las crisis de supervivencia (llamados conflictos biológicos).
3) Los órganos comandados por las zonas cerebrales descritas.

Es a partir de ésta triple relación que puede hacerse con una tomografía de cráneo sin contraste (y muchas veces sin recurrir a biopsias o estudios cruentos) un diagnóstico del órgano enfermo, el tipo celular involucrado, su evolución (en algunos casos, puede prevenirse hasta con 15 días de anticipación un infarto), su antigüedad, el colorido del conflicto que ha producido la enfermedad (lo que orienta al tipo de terapéutica a realizar a ése nivel) y otro tipo de informaciones que ayudan a la evaluación y a la elección del tratamiento.

A pesar de lo atractiva de esta posibilidad, no es éste el punto crucial de la Nueva Medicina, sino entre otros, lo que Hamer llama la Quinta Ley sobre el Sentido Biológico de cada Enfermedad. Entender la historia de los llamados conflictos biológicos, apoyados en una comprobación técnica que es la tomografía cerebral, es de una ayuda inestimable en un momento evolutivo en el cual el paradigma científico sigue siendo necesario.

Veamos un poco más.

La conciencia ha sido definida como la capacidad que tiene un ser vivo de percibir información, analizarla y emitir una respuesta adecuada. En los llamados animales inferiores (la escala evolutiva de los vertebrados comienza en los peces, sigue con los anfibios, reptiles, aves y mamíferos, entre los cuales estamos), la conciencia les permite dar respuesta a necesidades básicas como la alimentación y la reproducción. A medida que la evolución avanza, las respuestas se hacen cada vez más complejas.

Con la adquisición del lenguaje, la cultura y el aprendizaje se adquieren conductas muy elaboradas. Cuando un animal se ha atragantado con un trozo de carne que no puede digerir ni expulsar se enfrenta a una crisis de supervivencia (se ahoga). Su cerebro ordena producir mayor cantidad de células en el tubo digestivo que a su vez elaboran mayor cantidad de jugos que permitan digerir el trozo de carne. Es una conducta programada en el cerebro ante una crisis de supervivencia. Si el proceso se mantiene, el órgano se enferma (esofagitis, gastritis, cáncer de estómago).

El cerebro no distingue entre lo concreto y lo simbólico. En el ser humano, el trozo de carne atragantado que es capaz de activar un programa de supervivencia (que no es otra cosa que la enfermedad) es sustituido por la traición de un amigo, los conflictos familiares o laborales o cualquier otro que sea indigerible. La civilización actual es una fuente inagotable de conflictos biológicos y las respuestas para adaptarse a estas nuevas situaciones son francamente escasas.

Para que la traición de un amigo se convierta en un conflicto biológico y no en el usual conflicto psicológico que vivimos cotidianamente, debe tener ciertas características que Hamer ha desarrollado en sus trabajos.

En el caso de una madre que va paseando con su hijo y éste se suelta imprevistamente de su mano, la vivencia que predomina en el hecho, podrá afectar distintos órganos. Si lo vive como una pérdida que tiene que ver con la preservación de la especie, afectará el ovario (quistes, tumores). Si lo que predomina es la vivencia del ataque al territorio arcaico (el nido), se enfermará la glándula mamaria izquierda (si la mujer es diestra). Si afecta su valoración como madre, producirá descalcificación en la cabeza del húmero izquierdo.

El miedo frontal producirá agrandamiento de los ganglios del mediastino. El miedo amenazante que viene por detrás producirá glaucoma. Los conflictos de ataque a la propia integridad, tendrán que ver con las lesiones de la dermis (melanomas). La resistencia a una situación con la diabetes. La suma de un conflicto de frustración con otro de invasión de territorio generarán una sintomatología depresiva.

La profundidad de los estudios de Hamer hacen que el acto médico sea un hecho científico y no una moda fundada en estadísticas. Cualquier enfermedad puede ser curada si realmente se sabe qué es. Si no se sabe qué es, sólo se la intenta eliminar. La raíz latina de curar es todo lo contrario. Curar es hacerse entero.

El hombre moderno se ve enfrentado a nuevas enfermedades. Las respuestas que vienen desde la medicina no alcanzan para entenderlas ni superarlas. Los conceptos que trae la Nueva Medicina permiten sospechar que el orden médico reinante tiene serias deficiencias en su concepción de la enfermedad, que haría imposible afirmarse como terapeuta en los nuevos tiempos. El cáncer y el SIDA son llamados de atención que hablan de la dificultad de entender lo que la propia naturaleza del hombre produce.

Necesitamos hablar del cuerpo, del alma y del espíritu. Hamer hace un llamado a los médicos "de manos calientes" para ejercer una verdadera medicina sagrada. De esto seguiremos hablando.

 

6. El páncreas (resumen).

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El páncreas es un órgano que comparte junto a la vesícula la función de ayudar a la digestión de los alimentos, pero sin que el órgano tome contacto con ellos. Para esto produce aproximadamente un litro y medio por día de los llamados jugos pancreáticos que llegan al estómago y al intestino. Estos jugos, a diferencia del ácido del estómago, son alcalinos y no se ocupan de los grandes trozos de alimentos (como el estómago), sino de los pequeños ayudando al desmenuzamiento. Una pequeña porción del páncreas  (el 2%) se ocupa de la elaboración de insulina.

Lo llamativo de este órgano es su ubicación (detrás del estómago) y su forma reptiliana (tiene cabeza, cuerpo y cola).

Es un órgano que trabaja mucho, pero lo hace como una especie de oficina por fuera de la fábrica (podríamos decir escondido).

En la descripción que hacen los pacientes de su función, llama la atención la excesiva importancia que se le da a la insulina y a su necesaria relación con la dulzura, ternura o al empalago (asco) y la resistencia a retenerla. Muy pocos hablan de la tremenda importancia que tiene en la digestión. En cuanto a su forma, la mayor parte lo asemeja a un espermatozoide.

El origen embriológico del páncreas es endodérmico, pero luego se le agregaron capas ectodérmicas. Como en todos los órganos, es poco probables detectar un único conflicto embriológico. Lo cierto es que como órgano comenzó a delinearse hace 400 millones de años junto a la mama, la dermis y los riñones. Esto nos recuerda su comportamiento primitivo y "poco amigo de las palabras".

Hamer lo ubica en su tabla como un órgano que reacciona frente a contrariedades familiares y a veces, a cuestiones de herencias. Un caso que me tocó ver junto al mismo Hamer fue el de una mujer que sufrió una profunda decepción por no recibir de parte de un familiar un regalo que había esperado mucho tiempo.

Personalmente he visto decenas de casos y todos se relacionan con disgustos familiares. Siempre el elemento característico es la sorpresa, lo inesperado. Recuerdo haber atendido a quien fuera una importante figura del gobierno, quien no dudaba de que su cáncer guardaba relación con la "traición" sufrida de parte del presidente de la nación habiéndolo desplazado de su cargo. En política, "la traición" es algo tan común, que yo no lo podía ver como la causa. Siguiendo esa labor detectivesca que Hamer me enseñó, averigüé que un mes antes de aparecer el tumor, él iba en un auto con su amante y frenó en una bocacalle para no chocar con otro auto. Ambos conductores se miraron y este buen señor, observó que quien lo miraba desde el otro auto (a él y a su amante) era.... su esposa. Demás está decir, que eso me lo contó mucho tiempo después y siguió sin darle importancia. Lo cierto es que eso desencadenó una ruptura con su esposa, a quien amaba, y un desmoronamiento en sus actividades sociales. Pero él seguía diciendo, lleno de cólera, que la traición del presidente lo había enfermado.

Un caso que me conmovió mucho no fue precisamente de un paciente, sino de un hombre a quien admiro desde mi juventud. Me refiero a Jiddu Krishnamurti. Me impactó saber que alguien tan sabio había muerto de cáncer de páncreas. Traté de averiguar y descubrí que en sus últimos meses había detectado sorpresivamente manejos oscuros en quienes quedaban a cargo de sus escuelas.

 

7. La solución de los conflictos (resumen).

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Cuando hemos aprendido a manejar todas las teorías que nos pueden servir para solucionar los conflictos, debemos dar el paso fundamental que es.... dejar de lado todas esas teorías. No es esto una broma, sino un principio fundamental para acceder al camino de la curación.

Cuando a Picasso le preguntó un periodista como había logrado pintar esos cuadros que dejaban de lado toda la historia de la pintura e inauguraban una nueva forma de pintar, él contestó: "He tenido que estudiar durante toda mi vida todas las escuelas de pintura". Con esta frase pudo expresar una verdad irrefutable; para ir más allá de donde todos han ido, primero hay que ir a donde todos han ido.

Uno puede saber mucho de teorías sobre la enfermedad y la salud, pero cuando llegue el momento de curarse debe desprenderse de esas teorías ligadas a su análisis, capacidad de cálculo y organización lógica.

Mucha gente se ha acercado a Hamer por su maravillosa lógica. La organización de las enfermedades que él hace desde el punto de vista embrionario, el cálculo del sentido biológico que tienen y el análisis del origen filogenético nos ha deslumbrado a todos aquellos que apreciamos el esfuerzo de aquellos investigadores que van mas allá de lo que piensa la mayoría erudita.

Lo mismo sucede con Hellinger, que ha tenido la astucia de introducir ciertas leyes, siempre llamadas esotéricas, en la psicología clínica. Su fenomenología, insuficiente desde el punto de vista filosófico, es harto elocuente en una práctica que se acerca con cierto exceso al espiritismo, pero que permite a aquellos investigadores de la curación sorprenderse de los resultados.

También la teoría y la clínica de la Gelstat han aportado con su lenguaje simbólico nuevas derivaciones para comprender las situaciones conflictivas y la expresión del cuerpo ante ellas. Y la filosofía y el psicoanálisis y la sociología y tantos otros aportes han enriquecido la comprensión de lo que nos pasa como humanos y como humanidad. Y qué decir de la física y la etología, y del misticismo.

Sabemos tanto y sin embargo no abundan los Picasso. De todas las teorías y escuelas que hemos nombrado, ¿Cuántos seres humanos las conocen? ¿Y cuántos de los que las conocen las comprenden? ¿Y cuántos de los que las comprenden las llevan a la práctica?

¿Cuál es el tipo de conocimiento que lleva a la sabiduría de solucionar los grandes conflictos de nuestra existencia? Porque uno puede conocer a la perfección toda la teoría de Hamer y hacer un cáncer luego de una pérdida afectiva o una profunda desvalorización. También uno puede manejar la teoría de Hellinger y haber hecho su constelación, pero sufrir de artritis reumatoidea. O conocer todas las otras escuelas y haberlas practicado, pero ante la crisis profunda actuar como casi todos los seres humanos actúan, con dolor y furia.

Se hablará enseguida de la naturaleza humana y de su conformación neurológica. Pero si esto fuera absolutamente cierto, ¿para qué seguir elaborando teorías sobre la evolución psíquica y espiritual del hombre? ¿Es que todo es una farsa y nos seguimos enfermando de las mismas enfermedades que se enfermaban cuando no se conocían todas estas teorías? Y aún peor, nos morimos con nuevas enfermedades además de seguir teniendo las de antes.

Pensemos esto. Los órganos se siguen enfermando de la misma manera que hace millones de años. Los procesos descriptos por la medicina de inflamación, necrosis, reparación, neoplasia, etc. no han cambiado en su expresión desde el origen de los vertebrados. Se repiten como hace millones de años, sin ningún tipo de cambio. Que sepamos como se llaman algunos elementos que antes no conocíamos no significa que ellos no existían. Solo que la ciencia los fue describiendo.

El estómago hace úlceras y tumores desde siempre, espasmos y atonías. En el cerebro se rompen los mismos vasos que se rompieron siempre. El riñón se vuelve insuficiente como cuando nació. No ha habido evolución orgánica en el Homo Sapiens. Pero se supone que ha habido evolución psíquica. Tanto es así, que la ciencia ha debido separar a la psiquis del cuerpo, ya que no se podía entender que la psiquis evolucionara tanto y los órganos nada.

¿Qué tal si todo esto es una mentira? ¿Una fábula creada por una humanidad en base a un atributo propio de la especie que es la palabra?

Somos lo mismo que desde siempre y así lo atestiguan nuestros órganos. Ellos siguen haciendo lo mismo que desde su origen. Sin embargo, hemos creado estímulos artificiales para los cuales los órganos no tienen codificación cerebral y reaccionan por aproximación. Esto ha generado lo que podríamos llamar "equivocaciones orgánicas" en donde estos estímulos artificiales provocan reacciones que están programadas solo para determinadas situaciones naturales.

El hecho de tener que reprimir la agresividad hacia otra persona por cuestiones culturales es un ejemplo de la incorporación de un estímulo artificial que la palabra ha definido como "tragarse todo y no explotar".

La codificación cerebral está inscripta para que el órgano reaccione cuando hay un trozo de alimento demasiado grande y no lo pueda expulsar. Esta situación natural provoca la respuesta de activar este código cerebral que ordena al órgano producir gran cantidad de células que secreten jugos digestivos para que ese trozo sea finalmente digerido. Esto dependerá de la magnitud del trozo atascado, ya que si es muy grande, el órgano necesitará mucho tiempo para elaborar las nuevas células e incluso existe la posibilidad que la reacción no alcance y se forme un gran proceso inflamatorio que solo podrá terminar en una infección que intentará con los microbios barrer el trozo atascado. Este proceso suele ocurrir con alguna frecuencia en personas ancianas que no mastican bien el alimento y el trozo tragado no alcanza a progresar.

Ahora bien, esto no es lo que ocurre cuando el estímulo es artificial, es decir, hay una situación que se vive como una injusticia y la persona "se la debe tragar". En todo caso, podríamos decir, que no es lo que siempre ocurre.

Por ejemplo, en el tema de la obesidad ésta es una codificación cerebral para que los animales tengan una reserva de alimentos en su propio cuerpo. Es el caso de los osos que invernan y no comen por varios meses o de otros animales que por sus condiciones físicas, les conviene ser pesados para atemorizar a posibles predadores. En los humanos esta condición se ve también por la aproximación que hace el cerebro con semejantes hechos naturales. En el caso de la reserva de alimentos para tiempos mejores, la metáfora de este hecho es la vivencia de la escasez, pero no necesariamente de alimentos. Aquí cambia el significado de "reserva". Puede referirse a la ausencia de afecto, de oportunidades, de objetivos. Aquí hay un corrimiento del sentido. Cuando lo que se corre es el concepto (recordemos las áreas de concepto de las que habla Edelman) la metonimia que provoca la activación del programa cerebral de acumulación se refiere al concepto "reserva". Aquí lo que cambia es la palabra, no el significado. Así las metonimias serán la acumulación, el consumismo, la codicia, etc.

En el caso de la obesidad para tener peso y defenderse mejor, veremos la metáfora en las situaciones importantes para esa persona y que le preocupan (por el peso que tienen) y a la metonimia en el estar "hinchado", grande, excedido en ciertas cosas.

En todas estas situaciones se debe advertir el sentido biológico del programa cerebral ante el conflicto de la naturaleza y a la vez como se realiza el corrimiento que hace que el cerebro active por "aproximación" dicho programa.

Es por ello que en cada órgano o sistema debemos clasificar los programas cerebrales ante los conflictos biológicos naturales y luego categorizar la metáfora por corrimiento de sentido y la metonimia por corrimiento de concepto.

 

8. El sentido de estar enfermos.

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Muchas veces me he preguntado qué significa estar enfermo. Las respuestas no se han hecho esperar. Hay tan diversas teorías sobre la enfermedad que no es una pregunta difícil de contestar.

Sin embargo, ninguna de esas teorías me permite encontrar en ella una salida a la enfermedad. Puedo encontrar causas y desarrollos, pero no puedo detener la enfermedad con el conocimiento de ellas. Necesito buscar a quien conoce y es a través de este sujeto que supuestamente sabe, que puedo curarme. No es mi saber el que me cura, sino el saber del otro. No importa que recurra a medicamentos, al psicoanálisis o al esoterismo. Es siempre a través del otro que puedo detener la enfermedad.

Es en este punto en donde estar enfermo significa algo distinto a tener una dolencia y preguntarse el significado de la misma. Ahora estar enfermo es necesariamente relacionarse con un saber que es de otro. Sentirse obligado a aceptar la intromisión de otro en nuestras vidas. Percatarse de que los otros tienen poder sobre nosotros.

Estar enfermo es una exposición de nuestras fallas. Una publicación en escrito y con imágenes de la pérdida de nuestra consistencia. A partir del diagnóstico ya no podremos convivir con la fantasía de estar enteros y de ser únicos. Estaremos agujereados y ocupados por otros.

Pero si bien éste aspecto de la enfermedad (la pérdida de la consistencia) es muy importante, el primer abordaje de la medicina no es ése precisamente. Es muy poco probable que el médico se ocupe del sufrimiento del paciente por haber perdido su unidad y su firmeza. En realidad, ese detalle pasa desapercibido para la mayoría de los médicos. Ellos se proponen investigar qué puede haber detrás de todo ese sufrimiento. Así se imponen con todo tipo de análisis y estudios de baja o alta complejidad para estudiar el sistema que está afectado. En lugar de trabajar sobre el sufrimiento con el bagaje de conocimientos que tiene, deja de lado todo ello y pasa a investigar lo que el paciente jamás va a decir. El tamaño del corazón, los tumores pequeños que aún no dan síntomas, los marcadores que indican lesiones iniciales, y todo aquello que si el paciente no hubiese tenido un sufrimiento que lo llevara al médico, jamás hubiesen investigado.

Hay mucha gente que huye de los médicos y se niega a hacerse estudios de rutina, aún cuando padezcan determinados síntomas que según el sistema médico deberían estudiarse. Alguno de ellos, cuando ese síntoma (dolor, mareos, agitación) se hace persistente, declinan de su pensamiento y consultan al médico. Llamativamente no hay una rápida respuesta al motivo de su consulta, sino la elaboración detallada de una serie de análisis y estudios con la promesa de que pronto se llegará a un diagnóstico y se dará un tratamiento eficaz.

Es alarmante la cantidad de veces que nunca se llega a ese diagnóstico, pero es mucho más alarmante la cantidad de pacientes a los que nunca se trata del sufrimiento que motivó su consulta y que son "atrapados" por el sistema médico en diagnósticos imprecisos y estudios infinitos, porque se descubre en ellos otra patología, que nada tenía que ver con el motivo de consulta.

Mentes desprevenidas e inocentes podrán decir que eso fue una fortuna para el paciente, ya que le descubrieron enfermedades que hubiesen avanzado y tienen la oportunidad de ser tratados a tiempo. Nada es más incierto que esto. Si entendiéramos el sentido de la enfermedad, jamás permitiríamos que nos "investiguen" nuestro cuerpo ni "descubran" nuestras enfermedades.

Lo que nosotros conocemos como enfermedad no es otra cosa que un lenguaje. Del órgano afectado, de sus células, de todo el cuerpo y del colectivo social en la que nace. Un lenguaje no se destruye, ni se bloquea su expresión. Se escucha y se entiende. Lo que hagamos con esa escucha luego será una acción de absoluta libertad, que favorecerá la convivencia con el órgano que habla o planteará una lucha territorial entre el ser habitado por ese órgano y éste.

Nuestro organismo es un colectivo social, tal como la ciudad o el país en el que vivimos, con su historia y sus habitantes. Cada órgano tiene una función que muchas veces el resto de los órganos no conoce. En las comunidades humanas esto también ocurría así. No había gran conocimiento de lo que acontecía en lugares lejanos o en jerarquías determinadas.

Tal como ocurre actualmente en este aspecto en la sociedad, la tremenda exacerbación de la información ha hecho que nos enteremos de todo y de todos cotidianamente. Lo mismo ha ocurrido en el organismo. Hay demasiada información sobre lo que hace mal o sobre los efectos nocivos de determinadas conductas, alimentación o forma de vida. Esto ha provocado que determinados conocimientos (la manteca engorda, por ejemplo) hayan alcanzado un umbral de aceptación que ha convertido ésta relación de conocimiento en una realidad. Lo llamativo es que esta relación de conocimiento antes de haber alcanzado ese umbral, no era real (la manteca no engordaba).

El descubrimiento de la enfermedad ha seguido este camino. Relaciones de conocimiento que han alcanzado umbrales de aceptación. Cuando éramos niños comíamos pan con manteca dos veces al día todos los días y éramos delgaditos y sanos. Hoy abundan los niños obesos y todos consumen yogurt descremado y flancitos dietéticos. Que se atribuya esto a la falta de gimnasia es una ingenuidad. El mismo camino ha provocado que se descubran nuevas enfermedades y que todos estemos más o menos enfermos. El conocimiento ha sido usado no para liberar al hombre, sino para esclavizarlo y uno de los instrumentos más avanzados del poder esclavizante es la medicina.

El otro que nos descubre puede ser un otro enriquecedor y maravilloso. En cambio de ello, este otro que nos diagnostica es el más peligroso aliado del sometimiento y la pérdida de autoridad. El sentido de la enfermedad es encontrar otro que nos libere. Aquel que sepa interpretar el lenguaje del malestar y nos de los elementos para entender aquello que no nos deja ser libres.

Descubrir enfermedades para la concepción actual es aceptar relaciones de conocimiento que fundan realidades, que si no responden a los tratamientos creados para estas realidades, llevan a la muerte y la destrucción. Un nódulo en una mama debe ser tratado como el lenguaje de esa mama que intenta nutrir a un hijo en peligro o como la desesperada puesta en acción de una de las corazas más antiguas del cuerpo o como la necesidad de atraer a alguien que se fue. Ese lenguaje debe ser escuchado. En lugar de ello, se punzan los nódulos y se activan comportamientos celulares de defensa que harán exigible la amputación de la mama por la reacción que ésta genera.

La relación de conocimiento es apabullante. Son células que se han vuelto locas y nos intentan destruir. Esta relación ha creado una realidad que obliga a creer en ella o morir. Y la muerte ocurre. Porque la ficción del poder triunfa sobre la naturaleza humana basada en la cooperación y la armonía.

Descubrir una enfermedad es trabajar para el poder esclavizante. Escuchar el lenguaje del cuerpo es fluir con la naturaleza humana.

Una vez que la persona escucha y entiende, se puede optar. Se medica, se elimina lo que ya dio su mensaje y queda como secuela. Se hace lo que favorece la continuidad de la vida. Aquí los avances de la medicina son esclarecedores. Pero usarlos sin escuchar es destruir sin sentido. Porque el cuerpo seguirá hablando.

 

9. El acto médico y el amor (resumen).

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El sánscrito, la base de la mayoría de las lenguas de la India, tiene 96 términos para designar al amor. El español tiene 3 (apego, estima, cariño) según el diccionario de la Universidad de Oviedo; el inglés solo uno (love). Es indudable que la cantidad de términos usados para designar el amor implica la necesidad de aclarar la relación que estos pueblos tienen con el concepto del amor. La lengua esquimal tiene 30 palabras para nombrar a la nieve. Esto habla de la necesidad de los esquimales de aclarar su relación con la nieve. Cuando estemos tan interesados en el amor como los esquimales en la nieve, desarrollaremos un lenguaje adecuado a esta dimensión.

No recuerdo una sola vez que se haya usado la palabra "amor" en toda mi formación médica académica. Pareciera que allí el amor no tiene lugar. Como si se tratara de un concepto sin valor en la preparación de aquel que se va a ocupar de la salud de sus semejantes.

Creemos, sin embargo, que en el origen de la enfermedad siempre está involucrado el amor. Hay un conflicto con él. Podríamos decir que el sujeto tiene dificultades en amar, en ser amado o en amarse.

Niklas Lhuman define el amor como un código de comunicación con cuyas reglas se expresan, se forman o se simulan, determinados sentimientos. O se somete uno a dichas reglas o las niega. Este concepto de ver al amor como un código de comunicación me parece interesante para relacionar esa expresión en código somático que es la enfermedad con esta dificultad que gira en torno al amor.

Los códigos amorosos se han expresado siempre de acuerdo a las estructuras sociales de su tiempo; desde el amor cortés del medioevo al amor pasional del siglo XVII y al amor romántico del sigloXVIII, y estos códigos se pueden reconocer en las expresiones culturales. La medicina forma parte de esa cultura. No olvidemos que la cultura es también un código de comunicación. Desde el punto de vista etnográfico (el estudio de los pueblos), cultura es el conjunto de hábitos y aptitudes que ha adquirido el hombre como miembro de la sociedad.

Desde la Nueva Medicina vemos el amor como un impulso hacia la unión, la no separación, la integridad. Recordemos que curarse viene de "curare", que significa hacerse integro. O como dice el Dr. Rozenholc: pasar de la exclusión a la inclusión, que no es otra cosa que formar parte de un todo.

Aquí hay una relación en donde tanto el paciente como el médico se involucran en dar lo mejor y lo más sincero de cada uno. Esto se parece mucho a la gratitud que nace en una persona cuando recibe algo que necesita de la otra. Hay una necesidad de devolver algo de lo recibido para no quedar en deuda. De esta gratitud surge una verdadera relación que impide la indiferencia. Esta dinámica funda un compromiso que sólo puede ser resuelto en la libertad de los que participan. Curar con amor no es solo tratar afectivamente al paciente, sino ser un facilitador de la libertad y del compromiso que propone la curación.

El acto médico debe apuntar en esa dirección y no hacia lo que presupone es la curación, ya que el impulso natural de la vida es la curación. Así lo demuestran los fenómenos físicos cotidianos que todos vivimos como la inflamación, la reparación de heridas, la diferenciación celular, la producción de células nuevas, etc. ¿Acaso no es amor este impulso hacia la integridad?

El acto médico debe ordenarse con el impulso de la Naturaleza y no en contra de él. El médico es un instrumento de este impulso natural y como todo instrumento debe estar afinado, en armonía con las notas fundamentales de ese arte que es el compromiso con la vida.

Esta afinación se parece mucho a la autoridad, a la capacidad que tiene una persona (en este caso el médico) de darle al otro (en este caso el paciente) lo que este necesita. Si el terapeuta no tiene esta autoridad no puede abordar el verdadero objetivo de la medicina, que es preservar y restablecer la salud.

Hay actualmente dos medicinas claramente diferenciadas. La primera es la medicina de la enfermedad; ella se ocupa de combatir los síntomas y las llamadas enfermedades. La segunda es la medicina de la salud; ella se ocupa del equilibrio de la energía vital, para que esta se ocupe de los síntomas y las enfermedades. Es indudable que actualmente sólo se ejerce la medicina de la enfermedad, aún cuando esta sólo sea un síntoma. No proponemos abandonar esta medicina, sino complementarla hasta entender que cuando alguien no sabe que es lo mejor, debería juiciosamente no obstinarse en hacer lo peor. El sistema médico actual es un ejemplo de esta obstinación.

Hace algunos años se publicó un estudio sobre la alimentación en los conejos. Se sometió a una alimentación rica en grasas a tres grupos de conejos y se hizo el estudio a doble ciego. Luego de un tiempo, se midieron los valores de las grasas en la sangre y se constató que dos de los tres grupos aumentaban los niveles de grasa en sangre. Sin embargo el tercer grupo, aún cuando se le daba la misma alimentación, permanecía en valores normales. Se investigaron las probables causas y no se pudo detectar ninguna alteración que explicara esto. Se decidió investigar a las personas que les daban de comer y se descubrió que el joven que alimentaba al grupo que no había aumentado los niveles de grasa, tenía la costumbre de llevar a los conejos contra su pecho y acariciarlos mientras los alimentaba. Semejante respuesta inmunológica desencadenada solamente por una caricia. ¡Cuan poco se estima tamaño poder!

Amor deriva de dos raíces que expresan un profundo significado. "A" que es "fuera" y "Mor" que es "muerte". Ni el médico ni el paciente pueden echar fuera a la muerte, pero si pueden entender que si reconocen al ser que hay en cada expresión de la vida, este jamás va a morir.

Todas las investigaciones recientes han demostrado la relación entre las actividades intangibles que se tienen sobre el enfermo y que llamamos "cuidar con amor" y los factores tangibles que se pueden medir, como la disminución de las infecciones o la recuperación de los tejidos dañados. Sin embargo, el sistema médico se obstina en hacer desaparecer síntomas sin convertir a la relación terapéutica en el nudo del tratamiento. Esta relación es la verdadera medicina preventiva.

Cuando era niño, visitaba mi casa un viejo médico pediatra que atendía a los tres hermanos bajo la atenta mirada de mi madre. Nunca puedo olvidar los momentos previos a su llegada, en donde todos debíamos estar presentes, aún cuando solo uno fuese el enfermo de fiebre, varicela o sarampión. Era un ritual en donde mi madre preparaba unas toallas que se usaban exclusivamente para cuando ocurría la visita y sobre las cuales este viejo médico apoyaba su cabeza sobre nuestras espaldas. También había una cuchara envuelta en una servilleta y una fuente con agua y jabón para lavarse las manos. Todos éramos atendidos o por lo menos saludados y mirados. Era un momento muy especial y cuando el médico se retiraba todos estábamos curados.

En un reportaje que le hacían a Federico Fellini hace algunos años, éste decía que él había tenido la esperanza de que lo que iba a ocurrir en su vida siempre era para su bien. Y que con el tiempo se había dado cuenta que no era lo que realmente ocurría lo que le hacía bien, sino la espera de lo que iba a ocurrir. El decía: "no importa el mensaje, sino la espera del mensaje".

En ciertas regiones de Europa a la Nueva Medicina se la conoce como la "medicina de la esperanza", el médico resuena con la esperanza del paciente. La intención de la conciencia observadora determina una percepción que no es falsa, sino que es una opción planificada. Descubre la intención positiva que se oculta detrás de la enfermedad y se combina con eso que se desea transformar.

Estamos hablando de una posición chamánica del médico que es su compromiso con el amor. Ver lo que la célula ve y poder transmitirlo. Es difícil encontrar palabras para esto que sucede... pero sucede.

Una de las tantas experiencias crueles que ha hecho la humanidad con los animales me ha hecho pensar que la palabra que más se acerca a lo que propone la Nueva Medicina es la esperanza. Ciertos investigadores pusieron una rata en un barril lleno de agua y con sus paredes lisas para que se resbalara si quería escapar. La observaron nadar durante quince minutos y luego, la rata, exhausta, se hundió. Pusieron otra rata en las mismas condiciones y la dejaron nadar cinco minutos. Luego le pusieron una madera para que se subiera a ella y flotara. La dejaron así durante tres horas y luego la sumergieron nuevamente. Le retiraron la madera. La rata, a diferencia de la anterior, nadó sin parar setenta horas antes de hundirse. Esta experiencia que cita el etólogo alemán Droscher en su libro "Sobrevivir" habla de la espera de lo bueno y del aumento increíble de la resistencia a los obstáculos cuando precisamente se espera lo bueno.

No es fácil hablar de este tema. Por eso luego vamos a hablar del lenguaje del cuerpo, para comenzar a entender que está diciendo desde hace millones de años con su comportamiento y con su evolución.

Si algo nos ha permitido la Nueva Medicina es atrevernos a pensar. Y por eso vamos a cuestionar las falsas metástasis, muchas veces provocadas por el pánico que engendran diagnósticos crueles y devastadores. Y no dejaremos de analizar las imágenes cerebrales, cuya irradiación o extirpación es una ofensa al cerebro que pugna por sobrevivir.

A partir de ahora, veremos la historia de Hamer que es la historia de la Nueva Medicina. Analizaremos sus leyes para comprenderlas y utilizarlas. Veremos el lenguaje del cuerpo y de los órganos. Conoceremos las tablas de Hamer para entender cada enfermedad y como abordarla.

Para trabajar con todo esto habrá que abandonar temporalmente algunas creencias que se consideran irrefutables (después de todo, hasta hace unos pocos centenares de años, la Tierra se consideraba plana). Así accederemos a las dimensiones físicas, emocionales, psíquicas y espirituales de la vida humana. Este modelo produce una clínica desde su propia teoría, pero también puede integrarse a cualquier otro sistema terapéutico o filosófico (alopatía, homeopatía, terapias vibracionales, trabajo corporal, psicoterapia, etc.)

Todos pueden tener acceso a la teoría y práctica de este modelo y lo adaptarán a lo que mejor estén capacitados para hacer, recategorizando muchas de las enseñanzas de sus propias escuelas. No tienen porqué abandonar lo que saben, sino enriquecerlo.

Muchas de las personas que buscan desarrollarse en el campo de la salud sintieron desde el inicio una vocación humanitaria que los volcó a ello. Pero la orientación materialista de la formación pudo haber alejado su motivación original. Este modelo les servirá para reconciliarse con su misión original.

Los invito a comenzar este encuentro con la esperanza de abrir el corazón de cada uno de ustedes. No venimos a traer ninguna panacea, sino el fruto de un trabajo hecho con amor y mucho esfuerzo.

 

10. Manifiesto.

Nueva Medicina Germanica Articulos Fernando Callejon NMG GNM

Debo confesarlo. Estoy preocupado.
Los médicos estamos perdidos.
No sabemos qué es lo mejor para nuestros pacientes.
Pero eso no es lo que me preocupa.
Es que ante esa ignorancia, no dudamos en hacer lo peor.
Somos hipócritas. Somos necios.
Somos poco serios con la gente que nos pide ayuda.

Debo confesarlo. Estoy preocupado.
Los médicos no debemos seguir luchando entre nosotros.
Expresando delante de los pacientes críticas a nuestros colegas.
Diciendo que los que no hacen lo que nosotros hacemos.
Son comerciantes, ignorantes, peligrosos.
Cuando la ignorancia es criticar sin conocer.
Cuando el peligro es comerciar sin dar nada valioso a cambio.

Debo confesarlo. Estoy preocupado.
Los médicos no somos sabios.
No leemos a los grandes maestros.
No investigamos nuestro propio corazón.
Sólo repetimos ciertas modas calificadas de ciencia.
Interpretamos estadísticas como verdades reveladas.
Trabajamos con nuestros semejantes como si no tuvieran alma.

Debo confesarlo. Estoy preocupado.
Los médicos no amamos a nuestros pacientes.
Nos molesta su pregunta, su deseo, su miedo.
Queremos que sean piedras sin luz propia.
Ansiamos que no nos llamen ni interrumpan nuestro descanso.
Los convertimos en enemigos si no se curan.
Nos liberamos si se van de nuestras vidas.

Debo confesarlo. Estoy preocupado.
Los médicos vamos por mal camino.
Porque no somos médicos para anotar en planillas.
Lo somos para ayudar y guiar al que sufre.
Y nos hemos convertido en tecnócratas de la salud.
En dueños de un poder que no duda en sacrificar a los otros.
En jueces que tratan a sus pacientes como reos.

Debo confesarlo. Estoy preocupado.
Los médicos creemos ser poderosos.
Hablamos por los medios sin humildad.
Damos respuesta a todo, sin siquiera escuchar la pregunta.
Vociferamos el peor de los infiernos si no se hace lo que decimos.
Ignoramos el saber popular.
Nos olvidamos de Dios creyéndonos dios.

Debo confesarlo. Comienzo a tener esperanzas.
Los médicos nos encontramos.
Al no saber hacer lo mejor siempre elegimos no hacer lo peor.
Recuperamos nuestra capacidad de pensar.
Jamás hacemos a los otros lo que no haríamos con nosotros.
Somos hermanos de nuestros pacientes.
Los escuchamos con respeto. Con ganas de ayudarlo.

Debo confesarlo. Comienzo a tener esperanzas.
Los médicos reconocemos en un colega a un hermano.
Lo respaldamos. Lo cuidamos. Lo aconsejamos.
No actuamos corporativamente y denunciamos a los que no respetan a sus pacientes.
Nos damos cuenta que el valor de un médico es el amor que tiene por sus pacientes.
Alentamos a los que estudian lo que la Universidad aún se niega a enseñar.
Nos abrimos al saber de los pueblos.

Debo confesarlo. Comienzo a tener esperanzas.
Los médicos nos acercamos a la sabiduría y no solo al conocimiento.
Aprendemos de los grandes maestros.
Abrimos nuestro corazón a nuestras propias dudas.
No confiamos ciegamente en lo que nos dicen los grupos de poder.
Nos jugamos por el dolor del semejante.
Que es nuestro dolor y el de los que ya no están.

Debo confesarlo. Comienzo a tener esperanzas.
Nuestros pacientes son nuestros hermanos.
Y los tratamos como haríamos con nuestra madre, con nuestro hijo.
Los miramos con afecto, les sonreímos, nos preocupamos por ellos.
Son lo más importante en nuestro camino. Aprendemos de ellos.
Los ayudamos a no sufrir, los contenemos, los protegemos.
Oramos por ellos. Rogamos que nada malo les pase.

Debo confesarlo. Comienzo a tener esperanzas.
Los médicos nos damos cuenta que Dios también nos ha creado.
Tomamos conciencia de la responsabilidad que tenemos.
No para temerle a nuestros pacientes, sino para ponernos de su lado.
No tenemos en nuestras manos su vida, sino sus esperanzas.
Colaboramos con la Luz, no con el poder que los esclaviza.
Somos humildes instrumentos de Dios y no poderosos jueces de la muerte.

Debo confesarlo. A veces tengo esperanzas.
Y me levanto con la ilusión de poder ayudar a mis pacientes.
Después el día apacigua mis ilusiones.
Porque el dolor es muy grande y los medios tan pocos.
Pero no pierdo las esperanzas y reincido cada mañana.
Al fin de cuentas, los médicos no estamos solos.
Al fin de cuentas, alguien o muchos nos están mirando.
Habría que saberlo.

 

11. La trampa (resumen).

Nueva Medicina Germanica Articulos Fernando Callejon NMG GNM

Lo que más nos cuesta aprender es justamente lo que venimos a aprender. Pareciera que hay algunas personas que aparecen en nuestra vida y que tienen la extraña capacidad de hacernos ver lo que no queremos ver. Esas personas nos molestan, nos fastidian. Nos hacen sentir que no queremos volver a verlas.

Llamativamente, las enfermedades actúan de la misma manera. No son precisamente presencias agradables. No las entendemos. Hay quienes nos las explican y, sin embargo, seguimos sin comprender lo que quieren decir. Y si lo hacemos, igualmente queremos que nos la quiten sin ahondar más en ellas. Sin seguir el camino de la verdad que vienen a presentar.

Tanto las personas como las enfermedades son maestros que nos marcan nuestra profunda ignorancia en aspectos que no queremos ni enfrentar ni que nos obliguen a enfrentar. Quizás una frase de Albert Einstein exprese esto de manera brillante: "Todos somos ignorantes, pero no todos ignoramos las mismas cosas".

En este sentido, en algunas oportunidades aparecen en la profesión del médico algunos pacientes que los confrontan con esos aspectos que ese médico no puede ni quiere confrontar. Funcionan como una enfermedad. Llamativamente, esos pacientes tienen por lógica una enfermedad que los confronta justamente con algo que tampoco pueden ver. Pero el médico funciona allí como un aliado no del paciente, sino de la enfermedad. Ese médico va a reforzar el mecanismo que la enfermedad viene a presentar. Va a funcionar de la misma manera que lo hace la enfermedad, como una presencia que no hace lo que el paciente quiere que haga. Es así que los médicos nos hemos constituido en aliados de la enfermedad, no de la salud.

Aunque parezca un exceso, no podemos dejar de preguntarnos por qué apareció en la vida de ese médico ese paciente que lo viene a cuestionar. Aquí se nos aparece la magia de la vida. Nos encontramos los que tenemos cuentas pendientes. Y las reclamamos.

Al principio todo parece demasiado pesado: ¿por qué este paciente viene a decirme estas cosas? ¿Si no le gusta lo que hago, por qué no busca otro médico? Y por el lado del paciente: ¿por qué este médico no toma conciencia de lo que yo necesito de él? ¿Por qué me sigue diciendo cosas que en lugar de ayudarme, me alejan de la curación?

Ser conciente de uno de estos encuentros no es fácil. Lo más fácil es evitarlo o crear un sentimiento tal como el enojo, el orgullo o el cansancio, y alejarse de ese encuentro. Es lo que habitualmente hacemos. Sin embargo, algo nos está diciendo ese paciente y nosotros no lo queremos escuchar. La verdad que nos trae, entre otras, es que hablar de nuestros conflictos no es algo que lleguemos a sentir como una ayuda. Sin embargo, eso es lo que nosotros hacemos con ellos. Y además, postulamos que si se desnudan por completo, mayor ayuda recibirán.

Las terapias psicológicas, emocionales o de abordaje de los conflictos tienen esta visión. Hay que confesar todo. Si el paciente no se cura es porque algo guarda. La terapia en sí se ha convertido en una espera de que deje las corazas que le impiden abordar sus secretos más íntimos. Y esa espera se matiza con estrategias para que pueda acceder a esos lugares donde nunca ha podido acceder. Como todo lo que sucede en la vida, aquí también hay algo de verdad y algo de mentira.

Los refuerzos

Una de las verdades es que si no sabemos con qué relacionar la enfermedad, no sabremos nunca qué hacer con ella. Es como tener en frente nuestro una computadora y no saber que botón tocar para prenderla o para apagarla; o desconocer la nomenclatura del teclado e ir tocando cada una de las teclas en una actitud de prueba. Podemos decir que muchos abordajes hacen esto.

Lo que sucede es que el ser humano no es una máquina. Y cada tecla que se toca no implica un futuro (delete) que asegura que lo escrito se borre. Así, muchos terapeutas refuerzan mecanismos de sufrimiento con su intento de "exprimir" al paciente. Se encuentra el conflicto, se habla de él, se lo explica, pero el paciente no se cura.

El médico se termina enojando con el paciente porque seguramente no quiere decir toda la verdad; o en una actitud más condescendiente lo deriva al psicoanalista, porque seguramente hay traumas infantiles que deben ser trabajados. No venimos a negar nada de esto. Lo que venimos a decir es que así no vamos a curar a nadie. Es como si conociéramos todo el mecanismo interior de la computadora, pero desconocemos la lectura del teclado. Podremos hablar horas sobre el funcionamiento de la máquina, pero no la pondremos jamás en marcha.

La medicina funcionó siempre en base a personajes que sabían apretar las teclas. Los actuales chamanes y sanadores curan más gente que los médicos. Ellos aún conservan el arte que los médicos de antaño tenían. Se hacen cargo de la enfermedad del paciente. La negocian en su territorio. La desarman con sus instrumentos. Hacen magia.

Los médicos hacemos lo que el paciente ya sabe que vamos a hacer. No hay territorio sagrado del lado del médico. En las enfermedades comunes, un farmacéutico puede sustituir perfectamente a un médico. En las enfermedades crónicas y complejas, el paciente lee en Internet lo que el médico le va a decir. Hasta sabe más que algunos profesionales. Viene con el diagnóstico hecho y el tratamiento propuesto para que el médico lo legalice. Así, de tanto en tanto, aparecen algunos médicos que se oponen a repetir este papel de títere del sistema y explotan con una propuesta distinta.

Cuando Hamer dice que la causa de las enfermedades es un conflicto biológico, toda la teoría científica de la medicina se tambalea. Y los médicos que no saben tocar las teclas, tiemblan. Los linfocitos siguen existiendo, al igual que las úlceras y los tumores. Pero el sentido, la dirección, la presión de las teclas cambia.

Lo que hagamos con lo que dice Hamer dependerá de nosotros. Una vía puede ser que tomemos toda su teoría y dictemos cursos. Mostremos los focos que se ven en la tomografía y repitamos que las metástasis no existen. Digamos que la enfermedad se curará si se soluciona el conflicto biológico y demos instrucciones sobre Embriología para entender el mecanismo.

Esa vía lleva a las teorías de Hamer a dormir el sueño de los justos. Después de treinta años, Hamer a nivel internacional sigue siendo desconocido. La mayor parte de los que dictan cursos no tratan pacientes y los que escuchan esos cursos son habitualmente terapeutas aficionados. Mientras tanto, cada médico en su quinta. Haciendo pruebas de teclado que no terminan de producir en el monitor el efecto esperado.

Hay una negación absoluta de la medicina a estudiar lo que los otros hacen. Sólo se estudia lo que tiene que ver con uno. Lo que hace el otro no sirve o no interesa. A los oncólogos no les importa lo que dice Hamer. A los inmunólogos no les importa lo que dicen los oncólogos, y a Hamer no le importa ni lo que dicen los inmunólogos ni los oncólogos. Se presentan teorías realmente interesantes de todos lados, pero no se las coteja con lo que dice el otro lado. Solo se las coteja con lo que dice su propio lado.

Un ejemplo

Desde la Inmunología se escuchan algunas voces que dicen que ciertas enfermedades que la medicina no puede curar (Esclerosis múltiple, cánceres metastáticos) pueden tener un origen viral y una respuesta inmunológica alterada. Algunos oncólogos (Simoncini) hablan de una proliferación de hongos en algunos tipos de cánceres y otras enfermedades que responden adecuadamente al tratamiento antimicótico. Hamer ha desarrollado un mapa cerebral en donde las lesiones de la corteza tienen que ver con una respuesta de virus que actúan como generadores de inflamación para destruir el cáncer. En las lesiones del Tronco Cerebral y Mesodermo Antiguo serán los hongos y micobacterias los que hacen este trabajo y en las del Mesodermo Nuevo y Ectodermo las bacterias.

No sería menos que interesante tocar las tres teclas y trabajar con los conceptos de la Inmunología, la Oncología y los de Hamer. Por lo pronto, sabríamos cuando usar inmunomoduladores de virus, de bacterias y de hongos. Estaríamos guiados desde la tomografía cerebral en la evolución del tratamiento. Pidiendo una subpoblación linfocitaria nos guiaría la cuantificación de los linfocitos B para utilizar inmunomoduladores virales. Pero sigamos pensando.

Si trabajáramos con una técnica del trauma, de las que se usan actualmente con tanta eficacia en pacientes con enfermedades complejas, podríamos observar que el paciente mejora su enfermedad física pero comienza con trastornos llamados psíquicos. Si conociéramos las teorías de Hamer, sabríamos que estamos produciendo una constelación cerebral y que en el caso de un paciente con cáncer de pulmón veríamos que comienza con sensaciones de consternación, y en el caso de un sarcoma hará un cuadro de megalomanía. Y sabremos como manejarlo, ya que lo que buscamos es la supervivencia del paciente. Podremos crear adrede un estado depresivo para sacarlo de una enfermedad que lo lleva a la muerte. Y esto lo podríamos hacer si nos comenzamos a preocupar por lo que estudian los otros. Mientras tanto, seguimos tocando la única tecla en la que creemos.

La investigación

Hay tantos ejemplos de lo que podríamos avanzar si nos animamos a investigar juntos, que solo pensarlo nos abruma.

Un grupo de oncólogos ha utilizado algunas drogas clásicas de la quimioterapia, pero en la décima parte de la dosis que se aplica convencionalmente, logrando resultados terapéuticos sin efectos adversos. Por supuesto que esos trabajos no se dan a conocer.

Algunos inmunólogos usan desde hace mucho tiempo un pool de bacterias clásicamente utilizadas para prevenir las rinitis en casos de cáncer de pulmón. Logran con ello modular la respuesta bacteriana que se hará siempre presente en la evolución de un miedo a la muerte de otro que genera el cáncer de pulmón.

Los homeópatas usan, desde hace decenas de años, los llamados nosodes de tejido canceroso. Son tejidos de tumor sometidos a un proceso de dilución y dinamización que permite una reacción curativa de parte del propio organismo. Lo que sucede es que esa reacción debe ir acompañada de una inmunomodulación, ya que lo que va a generar es una respuesta bacteriana. Si conocieran las Leyes de Hamer, la Homeopatía podría ayudar mucho más de lo que ayuda.

El extracto de timo, con derivados tales como la timomodulina y la timosona, es en estos casos un excelente inmunomodulador, pero muchas veces debe ser usado con otros más específicos del micro organismo que está en juego en la enfermedad.

No podremos curar a nadie si seguimos pensando que solo desde nuestra teoría alguien puede curarse. Debemos aprender a pedir ayuda y enseñar a pedir ayuda. Hamer tiró la piedra, pero la piedra se puede hundir. Debemos sacarla del agua y seguir tirándola. Alguien la tiene que recoger.

 

12. Las tres puertas (resumen).

Nueva Medicina Germanica Articulos Fernando Callejon NMG GNM

Cuando un paciente me consulta, imagino tres puertas. Cada una de ellas tiene una llave y entre ambos debemos aprender a abrirlas.

La primera puerta la llamo: "la actitud de curación". En ella el camino a desarrollar es lograr aprender la actitud que necesita el paciente para curarse. Allí estarán los pilares de la confianza, el reposo, la dedicación y la paciencia.

La segunda puerta la llamo: "la del lenguaje para curarse". Allí deberemos recorrer el lenguaje que describe la realidad y aquel que crea la realidad. Las afirmaciones y las declaraciones. Estos pilares serán los desplazamientos de sentido y las condensaciones que hacemos con las palabras. Conoceremos el discurso de la enfermedad y el discurso del cáncer. También abordaremos los tres mandatos de la enfermedad.

La tercera puerta la llamo: "los instrumentos de curación. Allí se desplegará la dimensión de lo mensurable. Aquello que el sujeto necesita como la materia que lo cura. Eso que llamaremos: medicamento, tomografías, marcadores. Serán los testigos y los protagonistas objetivos de la curación.

Las tres puertas deben ser abiertas. El compromiso que ambos asumimos es no depositar en una de ellas el motivo de la cura. El trabajo terapéutico será el recorrido de los tres caminos que confluyen en un espacio que llamaremos el estado posible para vivir. Comenzaremos a olvidar la idealización que hemos hecho de la salud. La salida de la enfermedad no será la recuperación de un estado anterior, sino el aprender a convivir con lo que la enfermedad nos ha dejado. Sus marcas, sus aprendizajes y sus imposibilidades. Veamos una por una esas puertas y sepamos que hay detrás de ellas.

La actitud de curación

Esta puerta es muy difícil de abrir. Cuando alguien está enfermo lo único que quiere es dejar de estarlo. La propuesta de tener una actitud determinada suele ser rechazada de plano. Es por eso que la llave es hacerle entender que él conoce esa actitud y que solo necesita recordarla. Siempre le proponemos el ejemplo del animal herido en la selva. Allí, sin que nadie se lo haya enseñado, el animal buscará un lugar que lo oculte de los predadores ya que herido es una presa fácil. Se arrastrará hasta un árbol porque el rocío de la noche sobre las hojas le permitirá beber algo de agua. No se preocupará por comer ni por escapar. Solo descansa y espera. Nosotros conocemos esa actitud. Nuestro saber colectivo la ha utilizado millones de veces, pero quizás el ejemplo más claro sea el dolor. Si alguien tiene dolor se queda quieto. Es natural que lo haga. Si se rompe un hueso, solo se unirá con reposo. No hay drogas ni técnicas que superen o reemplacen a la quietud.

Es necesario entender la quietud no solo como descanso, sino como confianza absoluta en que los mecanismos reparadores del cuerpo harán su trabajo. Nadie desconfía del poder del hueso en repararse. Nadie confía del poder del órgano en curar un cáncer. Debemos recuperar esa confianza. No poner obstáculos a los mecanismos reparadores naturales. El animal herido en la selva no lo hace. Nosotros lo hacemos permanentemente.

Es claro que el período de reparación puede tener obstáculos. Es maravilloso que la medicina haya logrado superar esos obstáculos con medicamentos y cirugías. Jamás renegaremos de ellos. Pero no debe confundirse la superación de un obstáculo con la curación de una enfermedad. Cuando un intestino obstruido es operado se salva a la persona de un grave obstáculo, pero no se la cura. Algunas veces esa misma cirugía, en su afán de curación, va más allá de lo que debería y crea futuros problemas. Otras veces, las masas presentes son tan grandes que operarlas es matar a la persona o dejarla con complicaciones irreversibles. Es aquí que la paciencia y la confianza deben actuar. ¿Qué sentido puede tener operar a una persona que tenga una masa alrededor del recto que toca su columna? Allí sería más prudente manejar el dolor y esperar. Y buscar las tres llaves para lograr la superación del problema.

Es así que la confianza se convierte en un aliado fundamental en el camino que abre esta puerta. No es la confianza en el médico, ni en un medicamento. Es la confianza en la capacidad reparativa de la naturaleza, que se ha puesto a prueba durante millones de años. Poner en actividad esa capacidad es parte del reposo. Pero el reposo no debe ser entendido solo como descanso. Es sobre todo, la idea de no confrontar, de no pelear ni con la enfermedad ni con la causa de la enfermedad. Esta actitud es quizás la más importante, ya que se trata de una profunda aceptación de lo que pasa sin querer cambiarlo. Es evitar crear "el conflicto que trata de solucionar el conflicto". Una persona enferma debe usar todas sus fuerzas en curarse y no puede gastarlas intentando transformar la realidad de los otros.

Aquí aparece la dedicación. Es una actitud especial en que el ser vivo se retira de la lucha y solo se dedica a curarse. Dormirá mucho más tiempo del habitual, se alimentará en forma liviana, no generará discusiones ni desencuentros. No los aceptará. Está dedicado a curarse. Como hace cualquier animalito enfermo. Solo se queda quieto, toma agua y recibe cariño. No intenta manipular a nadie con esa actitud. Su único objetivo es permitir la reparación del organismo.

Esta puerta, a la que imaginamos una vez abierta como una serie de caminos que se enlazan con los caminos de las otras puertas, debe ser comprendida y respetada. Muchas personas creen que pueden no recorrer ese camino porque tienen aptitudes especiales que no los obligan a hacerlo. Sin embargo, todos deben entender que esas actitudes son las que ha creado la naturaleza para reparar los cuerpos exigidos más allá de su capacidad. Si se ha llegado al momento que la medicina llama enfermedad, nadie puede dejar de sostenerse en esa reparación. Nadie está exento de tener que cumplir con esta obligación. Deberá retirarse de su trabajo habitual, de su rutina aprendida y de sus presiones en los vínculos. Deberá suspender compromisos y por sobre todas las cosas, deberá dejar de luchar aún para sanarse. Esta lucha por la curación, que mucha gente confunde con la dedicación como actitud curativa, debe ser reemplazada por la mansa espera (aún en medio de los obstáculos) acompañada por la presencia del médico que lo guiará para no cometer errores.

Reposo, confianza, paciencia y dedicación son los cuatro caminos que se deben recorrer tras abrir la puerta de las actitudes para la curación.

El lenguaje de la curación

Esta segunda puerta tiene, al abrirla, más que caminos, laberintos que se abren y se cierran. Veamos como se desarrollan.

1) La estructura del lenguaje. Aquí deberemos aprender que el lenguaje no es inocente. Que si bien existe un caminito florido que usa el lenguaje para describir la realidad, existe un laberinto tortuoso que crea realidades a través del lenguaje. Ni los pacientes ni los médicos toman conciencia de que juntos vienen creando realidades más que describiéndolas.

El sociólogo Rafael Echeverría hace una interesante clasificación. Al lenguaje que describe la realidad objetiva lo llama lenguaje afirmativo. "Esto es un árbol" es verdadero y "ahora es de día" es falso. En la descripción de una realidad que colectivamente se ha aceptado, se mueven los conceptos objetivos de verdadero y falso. En cambio, cuando se usa el lenguaje para proponer una realidad, ya no para describirla, esta realidad se acepta o se rechaza. Este tipo de lenguaje se llama declarativo y ya no describe objetivamente lo que es verdad o falsedad, sino lo que es válido o inválido.

Lo determinante de este lenguaje es la autoridad que tiene quien lo utiliza. Inicialmente existirían seis tipos de declaraciones: sí, no, no se, gracias, perdón y te quiero. Todas ellas generan una realidad que hasta ese momento no existía. La declaración que más nos interesa recorrer es la que la medicina, o mejor dicho, la autoridad del médico propone al que lo consulta. "Usted señora, tiene cáncer", "aquí hay que investigar, porque algo está pasando", "usted se sentirá bien, pero los análisis dicen lo contrario". Estas declaraciones que se parecen al discurso de la histeria, son capaces de generar una realidad cuya consistencia es la enfermedad.

Un ser humano que se siente igual que siempre es diagnosticado con una masa en el pulmón por un hallazgo casual y a partir de allí su realidad cambia. Mucho más común, a un hombre cuya vida no tiene sobresaltos se le exige un control de un marcador de próstata y al evaluarlo elevado, se le punza el órgano y se lo lleva a una realidad cercana a la catástrofe.

La declaración de enfermedad no parece ser de la dimensión de la verdad, sino de la aceptación del discurso médico. Uno se pregunta si la realidad de la enfermedad puede crearse, si no existía ya antes de la aparición del diagnóstico y de la declaración del médico. Lo que se crea, no es la masa tumoral, el dolor en las manos o la dificultad para quedar embarazada. Se crea un lenguaje sobre esos hechos que los convierten en sucesos de una realidad dramática.

Pensemos en lo que dice Hamer. La masa tumoral, el dolor en las manos o la dificultad para quedar embarazada, son hechos que expresan dificultades biológicas o como él lo llama: programas especiales de la naturaleza. A partir de conocer el mecanismo de estos programas (existencia de un conflicto, puesta en marcha de las conductas celulares para solucionarlo, alternancia de la simpaticotonía con la vagotonía y Crisis Epileptoide de solución, presencia de microbios barrenderos y sentido de superación del conflicto), Hamer crea una realidad que no ignora ni la masa tumoral, ni el dolor, ni la esterilidad. Por el contrario, las entiende de manera biológica y les propone una salida biológica.

La realidad que crea el discurso médico es de presencia enemiga. Necesidad de destrucción y vuelta al estado anterior, pero jamás dejar que el enemigo siga en el organismo. La realidad que crea Hamer es la comprensión de esa presencia y la ayuda de su desarrollo, para que luego de su superación la vida no sea la misma, sino que evolucione naturalmente.

Tanto el discurso médico como el de Hamer declaran dos realidades distintas. Quienes le damos autoridad a Hamer vivimos la enfermedad como un campo de aprendizaje. Quienes le dan autoridad al discurso médico la viven como un campo de guerra. En un momento dado, lo que Hamer dice puede llegar a convertirse en verdad y a partir de allí en realidad. Hasta ahora los fundamentos no son considerados suficientes para aceptarlos. Es cuestión de tiempo. Pero, mientras tanto, proponemos recorrer este camino de la estructura del lenguaje para ir desenredando las trampas que propone.

2) Los discursos de la enfermedad. Así hemos llamado en nuestra teoría a la anulación o suspensión de los distintos significados que la relación entre un hecho y la respuesta a ese hecho genera. Un ejemplo será la vivencia que cualquier persona puede tener de un robo. Hay multitud de sentidos que ese hecho puede despertar. Sentirse despojado, burlado, quedarse sin nada, querer agredir al ladrón, denunciar al sistema que lo permite, sentir el abandono de la sociedad, quedarse paralizado, gritar, correr y muchos más. Todos ellos son vivencias, actos, respuestas posibles ante un hecho. Para que exista enfermedad se tienen que suspender absolutamente todas esas respuestas posibles y emerger como única presencia la respuesta que el órgano produce, es decir la respuesta biológica.

La intensidad del hecho hace imposible una respuesta analítica, discriminativa de mi psiquis. Toda la tensión del hecho se deposita en un órgano que se encarga de interpretar el hecho con su pensamiento biológico. Ese órgano puede ser el pulmón que vivencia la falta de aire y elabora células propias para lograr captar más aire; o el hígado que vivencia que se queda sin reservas y genera células para depositar la mayor cantidad de alimentos; o puede ser el estómago que vivencia que está entrando una realidad desagradable y se cierra; o cualquier órgano que tenga una especial sensibilidad por causas hereditarias o por sucesos previos.

El discurso de la enfermedad es el desplazamiento del significado de convivencia al significado de supervivencia. En lugar de enojarme, agredir o correr, dejo que mi órgano lo haga por mi. El discurso de la enfermedad es el reemplazo de mi habitual lenguaje por el lenguaje del órgano. Sin que existan sucesos tan dramáticos este desplazamiento ocurre frecuentemente por el uso del lenguaje orgánico. "Esa mujer me destrozó el corazón", "este chico me va a traer un dolor de cabeza", "no lo puedo digerir", "me cortaron la carrera", "de esta situación no puedo escapar", "no doy más". El desplazamiento del sentido es lo que define el discurso de la enfermedad. Recorrer este camino es aprender a no usar declaraciones que se conviertan en afirmaciones.

Los instrumentos

Esta tercera puerta a recorrer es la de los instrumentos. Al entrar en ella, veremos desplegada multitud de caminos, algunos muy angostos y otros muy amplios. Aquí el papel del que la recorre no es pasivo. Podría pensarse que el paciente solo tiene que tomar el medicamento o someterse a la cirugía. Que todo depende del médico y que uno solo puede prestar su cuerpo a lo que el médico decide que hacer.

Sin embargo, nos olvidamos de algo. Cuando alguien está enfermo debe pensar a quien le va a pedir ayuda. Si va al cirujano no puede pretender otra cosa que una cirugía. Si va al homeópata que no espere un examen médico minucioso de sus órganos. La elección del médico no es inocente. Uno no puede escudarse solamente en lo que el sistema ofrece. Hasta cuando va a comprar carne, se esfuerza en hacer un recorrido de distintas carnicerías (vale la comparación), pero en cuanto a la elección de un médico parece que todo pasa por los que figuran en la cartilla. Ni es así ni debe ser así.

La sociedad debe pedir y exigir la posibilidad de las distintas alternativas. Al fin de cuentas se trata de una elección de vida. No es inocente. Además, el paciente debe aprender a informarse como lo hace en todos los niveles de su vida. Como lo hace al irse de vacaciones o elegir un diputado. Si no lo hace, su responsabilidad queda reducida a cero.

Los instrumentos médicos se refieren a la elección que hace el paciente de que elementos lo ayudarán a su recuperación. No es lo único que importa, pero es lo mensurable, lo objetivo. Aquello a lo que el sistema atribuye la curación. Es nuestro objetivo hacer tomar conciencia que el medicamento o la cirugía muy pocas veces son curativos. Casi siempre son paliativos, ya que si no se recorren las tres puertas juntas, la enfermedad retorna invariablemente. Esa conciencia será la que ayude a crear nuevos instrumentos que no sean tan cruentos como muchos de los actuales.

Las tres puertas nos invitan a abrirlas y recorrerlas. Lo que siempre se consideró una desdichada situación pasa a ser una fascinante posibilidad de conocerse y transformarse. Está en nosotros elegir cualquiera de las dos opciones.

 

13. Hacia el conocimiento.

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Hablar sobre los fundamentos de una teoría implica necesariamente hablar de la historia de quien genera esa teoría. El camino recorrido, los obstáculos presentados y esos momentos de lucidez que permiten articular las dificultades con propuestas válidas. En ese camino, debo admitir, que el hecho de ser médico me obligó a ver la realidad como la formación universitaria me enseñó a verla. En ella se afianzó en mí la necesidad de un objeto de estudio que aprendí a llamar patología. En ese objeto se depositaba toda mi fuerza para poder cambiarla. Entendí que ese objeto era un enemigo que había que destruir aún a costa de olvidarnos del sujeto que llevaba en sí.

En la historia de la medicina, materia que debería ser obligatoria en toda nuestra formación, ya que al conocerla no repetiríamos los mismos errores de nuestros antecesores, se relata que Hipócrates funda la medicina con su estudio sobre los escitas. En ese fascinante desarrollo observamos que la mente genial de este médico cuestionaba abiertamente las causas sobrenaturales de la enfermedad. En su época se atribuía el origen del dolor de los seres humanos a los dioses, a castigos espirituales o a acciones malintencionadas.

Hipócrates decide estudiar el origen de la impotencia sexual de los varones de una comunidad llamada los escitas y descubre que ese sufrimiento no era causado por ninguna de estos hechos, sino por la frecuente costumbre de los varones de andar a caballo. Postula que esta costumbre generaba una obstrucción de la circulación pelviana que llevaba necesariamente a la impotencia sexual. A partir de este estudio se comenzó a buscar en la causa del sufrimiento un hecho externo pero consecuente con la lógica del pensamiento que comenzaba a reinar en ese período de la Humanidad.

Pero al hacer este movimiento, se instaló a la enfermedad como un objeto de estudio. Ya no se estudiaría el comportamiento moral de la persona, sino la acción de la naturaleza sobre el individuo. Esta acción pasaba a ser más importante, ya que generaba alteraciones fisiológicas que podían comprobarse. La relación dual entre el paciente y su médico se reemplazó por la relación ternaria entre el médico, el paciente y la enfermedad. Poco a poco, la enfermedad pasó a ser el único objeto de estudio del médico. Luego, el médico fue reemplazado por la institución médica y así se volvió a una relación dual pero entre protagonistas distintos: la enfermedad como objeto de estudio y el sistema médico como orden clasificatorio de esa enfermedad.

Lo llamativo de este origen es que Hipócrates estaba equivocado. No era la equitación la causa de la impotencia sexual de los varones escitas. La causa estaba jugada en una profunda desvalorización que la mayor parte de los varones sufría. Pero la medicina o quizás la historia de la medicina funda su origen en este relato. Que la medicina se haya fundado en un error, nos trae la posibilidad de pensar en: ¿por qué a los médicos no nos enseñan historia de la medicina?

Sin embargo, figuras tales como Maimónides o Paracelso observaron muchos siglos después que ese tercer elemento que había nacido se debía cuestionar. Paracelso, que llegó a quemar en una plaza los libros de Galeno, y Maimónides que se ocupaba más de la historia del enfermo que de la enfermedad, nos dejaron entrever en el misterio de la relación entre el paciente y el médico el origen del restablecimiento de la salud.


El positivismo

Un dato curioso ocurrió a poco de comenzar la revolución francesa. Allí un comité del gobierno republicano, que se autodenominó “de la salud”, decidió que en un estado en donde la libertad, la fraternidad y la igualdad reinan, no puede existir esa desigualdad llamada enfermedad. Es por eso que decretaron la inmediata anulación de la profesión médica y el cierre de los hospicios y lugares de internación. Como éstos se encontraban en las afueras de la ciudad, la inmediata reacción fue que los locos y los leprosos se acercaran a las ciudades, lo que generó tal pánico entre los miembros de la urbe que rápidamente anularon el decreto y pidieron la desesperada ayuda a los médicos para que los volvieran a llevar a sus lugares. Lo interesante de esta anécdota es que para esa época, las enfermedades tenían una clasificación que no llegaba a veinte dolencias.

Al poco tiempo de este hecho, ocurrido en la misma época donde el positivismo reina como manera de pensar, ya había 200 enfermedades clasificadas. Recordemos que el positivismo es la escuela filosófica surgida de la revolución francesa en donde los hechos son analizados y conocidos por el método científico. A partir de allí, el ser humano y la sociedad también son analizados solo por éste método. La rápida extensión de la cantidad de enfermedades es una expresión del poder que el sistema médico comenzó a tener sobre los hechos de la realidad. Actualmente hay 1,600 enfermedades clasificadas.

La idea de significado se aleja de ese objeto que fundó Hipócrates y que llamó enfermedad. Nosotros como médicos jamás estudiaremos el significado de la enfermedad. Solo el fenómeno que puede clasificarse. La terapéutica que surgirá de ese modo de situarse frente a la enfermedad será la acorde a la ausencia de significado. La enfermedad no tiene significado. Solo hay que tratarla.

 

14. Lo biológico (resumen).

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La idea de significado se aleja de ese objeto que fundó Hipócrates y que llamó enfermedad. Nosotros como médicos jamás estudiaremos el significado de la enfermedad, solo el fenómeno que puede clasificarse. La terapéutica que surgirá de ese modo de situarse frente a la enfermedad será la acorde a la ausencia de significado. La enfermedad no tiene significado. Solo hay que tratarla.

Es así que comencé a preguntarme si esa expresión celular que llamamos enfermedad carecía de significado o simplemente mi formación médica no la tenía en cuenta para su estrategia de diagnóstico y tratamiento. El primer significado que se presentó fue el biológico. La vida, las células, los órganos tienen una historia. Es la biología quien la ha estudiado detalladamente. Nuestros organismos, tal cual hoy los conocemos, comenzaron siendo algo elemental. Desde el ser unicelular hasta el mamífero más complejo que es el homo sapiens.

El cerebro humano es el ejemplo más claro de este proceso evolutivo. Actualmente se conservan las partes del cerebro que nacieron hace millones de años y que fueron progresivamente complejizadas con las nuevas capas llamadas neomamìferas o corticales. Pero todos los órganos vivieron este proceso. Fueron proto órganos que luego de repetidos intentos lograron lo que hoy conocemos como órganos maduros con su forma y su función normal. Esos intentos fueron el fruto de una adaptación a las necesidades del entorno.

Hoy la medicina acepta que existen células totipotenciales, pluri, multi y unipotenciales. Es decir, que algunas células pueden repetir formas que irán haciendo el proceso de llegar a estructuras maduras o normales. Es aquí que en la búsqueda del sentido biológico me encontré con el trabajo de un médico alemán llamado: Rike Geerd Hamer.

Las rememoraciones

Lo que encontré inicialmente de él me impactó notablemente. La enfermedad, según su visión, era la rememoración de los distintos procesos evolutivos que los órganos tuvieron que enfrentar para sobrevivir en el curso de los millones de años. Esa adaptación evolutiva frente a la exigencia del medio es lo que se manifiesta en el proceso que hoy llamamos enfermedad.

Un órgano enfermo no es una falla, sino un programa biológico que se repite tal como lo hizo cuando nació el órgano. Esa repetición se lleva a cabo para enfrentar una crisis de supervivencia. La enfermedad no es producida por un microbio o una alteración metabólica, sino que ambos son elementos de ese programa que el cerebro solo va a usar cuando determinados sucesos lo activan. Ese programa tiene un sentido, un comienzo, un desarrollo y un fin que es alcanzado siempre que se supere el obstáculo a la supervivencia que lo activó.

No puedo dejar de decir que la idea de un cerebro como ordenador que activa y desactiva programas de supervivencia me pareció fascinante. No podía dejar de pensar en la oportunidad de trabajar con el cerebro. Usar los descubrimientos de las neurociencias para validar esta teoría y a la vez agregarle fundamentos de otras disciplinas que pudieran hacer que la enfermedad dejara de ser una falla y pasara a convertirse en una expresión de un lenguaje que aún no comprendemos.

Según Hamer la enfermedad tiene sentido biológico. Se produce para superar un obstáculo biológico. Ese obstáculo es la confrontación entre una necesidad y su satisfacción. Cuando sucesos dramáticos, que no pueden ser verbalizados y que sorprenden al ser vivo, imposibilitan la satisfacción de esa necesidad, surge un conflicto en el plano biológico. El cerebro activa entonces este programa arcaico de supervivencia, que es la repetición de la solución que encontró hace millones de años, cuando el órgano enfrentó por primera vez la imposibilidad de satisfacer esa necesidad biológica. Comienza a producir células que enfrenten esa necesidad, o bien genera úlceras o necrosis para dar espacio a esa necesidad, o altera la función de ese tejido para adaptarse al nuevo requerimiento.

Un ejemplo nos puede ayudar a la comprensión de la postura de Hamer. Los vertebrados tienen una escala evolutiva que comienza en los peces y continúa en los anfibios. Luego pasa por los reptiles, aves y llega a los mamíferos, de los cuales nosotros los humanos somos el punto más alto. Hace cuatrocientos millones de años, los peces enfrentaron una crisis de supervivencia. La alimentación que se encontraba a su disposición en el agua no alcanzaba a cubrir las necesidades de todos. Las plantas acuáticas que crecían en las márgenes eran una oportunidad de supervivencia. El obstáculo que se generó es que los peces al sacar el oxígeno del agua a través de las branquias y al tener que estar un tiempo fuera del agua, morían, o por falta de alimentación o por falta de oxígeno. Eso fue un conflicto biológico que generó la aparición de un tipo especial de célula que fuera capaz de sacar el oxígeno del aire. Así nacieron los alvéolos pulmonares y se generó una nueva escala evolutiva que fueron los anfibios.

En ese proceso, que duró millones de años, apareció una zona en el cerebro primitivo en donde se ordenó esta función respiratoria y este grupo de células nuevas. Esa zona del cerebro nunca fue eliminada y aún la tenemos. Está en el Tronco Cerebral. Lo que propone Hamer es que un cáncer de pulmón, específicamente un adenocarcinoma, es la repetición de este proceso ocurrido hace millones de años y producido por la activación de ese registro en el Tronco Cerebral. La causa de ello es lo que llama conflicto biológico, que es la aparición de un suceso sorpresivo, no verbalizable y dramático que guarda relación con falta de oxígeno. Ese suceso puede ser un robo, un ataque físico, una pérdida de espacio territorial, la pérdida de un trabajo o un ser querido, o el sentirse sin espacio propio de forma brutal. En ese momento el cerebro, en este caso el Tronco Cerebral, activa un programa extremo de supervivencia biológica que es producir en el órgano encargado de atrapar el oxígeno, células potencialmente capaces de llegar a convertirse en células pulmonares. No genera células maduras porque el impacto provocado por el suceso generador impide que actúen las capas cerebrales modernas que son las encargadas de controlar a estas células modernas y maduras. Quien da la orden es el viejo Tronco Cerebral y es una orden de supervivencia, extrema y especial. Que vuelvan a nacer las células que enfrentarán la crisis de falta de oxígeno.

Las emergencias biológicas

En un trabajo monumental, que merecería por lo menos ser investigado, Hamer fue descubriendo cada órgano en una zona del cerebro. Los órganos nacidos del Endodermo en el Tronco Cerebral. Los nacidos del Mesodermo Antiguo en Cerebelo y del Mesodermo Nuevo en Sustancia Blanca. Los órganos ectodérmicos, representados en la Corteza Cerebral.

A partir de su trabajo de investigación pudo ubicar en una tomografía de cerebro una imagen que le permitió hacer un mapa, no solo del órgano afectado, sino del tipo de conflicto que ese órgano estaba sufriendo. La lectura de ese mapa es controvertida y como toda lectura, sujeta a interpretaciones que han de ser valoradas con los demás registros diagnósticos al alcance del médico. A pesar de ello, abre un panorama amplio en la posibilidad de entender lo que el cerebro hace y nos permite conocer la vivencia de la persona enferma.

En su trabajo, Hamer destaca la importancia de entender estos programas cerebrales como situaciones de emergencia biológica. No es un conflicto psíquico el que lo produce, sino justamente la ausencia de conflicto psíquico. Si hay alguna psiquis que está en juego en la teoría de Hamer, es lo que podríamos llamar la psiquis de la evolución. El sujeto deja de pensar y la evolución piensa por él. Desde la teoría psicoanalítica, la noción de holofrase se acerca a la idea que propone Hamer. Un conglomerado de significantes con una descarga exclusivamente orgánica que genera una respuesta física. Como el reflejo condicionado de Pavlov. El estímulo, por su intensidad o su repetición genera una asociación con una conducta física. La carga de tensión no logra ser descargada como representación psíquica (descarga psíquica) y solo hay respuesta orgánica (descarga orgánica). Lacan llamaba a esto síntoma psicosomático. Pero es solo un acercamiento entre distintas visiones. No es que Hamer piense que el psicoanálisis pueda armonizar con su teoría.

El conflicto biológico

En realidad Hamer se basa en la idea de una rememoración biológica de los distintos obstáculos evolutivos que quedaron registrados en el cerebro y ante una emergencia biológica se reactivan como actuales.

Una persona en perfecto estado de salud sufre la vivencia de ser traicionado por un hermano en un negocio. Entra en un estado de alerta permanente, no duerme bien. Casi no come, piensa todo el día en los sucesos que vivió. Pasan los meses y el hecho no se resuelve. Al año de lo vivido comienza con pérdida de sangre por el ano y le diagnostican cáncer de colon.

Una mujer de treinta años busca quedar embarazada pero fracasa en varias inseminaciones. La estimulan hormonalmente y a los seis meses del último intento le diagnostican un mioma de útero.

Un niño de ocho años se orina en sus pantalones en un viaje de estudios. No se lo cuenta a nadie hasta volver a su casa. A los seis meses, le diagnostican leucemia mieloide. Todas estas situaciones pueden o no ser reales. Algunas inclusive pueden provocar en quienes las escuchan una reacción de fastidio. Los seres humanos constantemente vivimos hechos desagradables y si todos desarrolláramos un cáncer luego de alguno de ellos, entraríamos en un estado de pánico por evitar cualquier hecho que nos pueda afectar. No es esto lo que dice Hamer. Tanto la persona que fue traicionada por su hermano, como la mujer que no podía quedar embarazada, como el niño que se orinó en su viaje, no pudieron hacer un conflicto psíquico y desarrollaron un conflicto biológico. Lo que su mente no hizo, lo hizo el programa de supervivencia cerebral. Aquí está el nudo de la teoría de Hamer; no hay conflicto psíquico, hay conflicto biológico.

Los sistemas

Hamer no se queda en esta descripción. Comienza un trabajo que desde la embriología relaciona cada capa embrionaria con un tipo de conflicto. Los órganos nacidos de la hoja embrionaria más antigua, el Endodermo, reaccionan con un tipo especial de respuesta que es la proliferación celular y ante conflictos de búsqueda, asimilación y eliminación de la presa (sólida, aérea o líquida).

Un cáncer de estómago será una lesión en coliflor ante un conflicto indigerible. Los órganos del Mesodermo reaccionan con una proliferación o necrosis ante un tipo de conflicto de ataque a la integridad o desvalorización. Un melanoma será una proliferación ante un conflicto de mancillamiento. Los órganos del Ectodermo reaccionan con células que se ulceran o se paralizan ante un conflicto de separación o de invasión territorial. Una esclerosis múltiple será un conflicto de movimiento en el territorio.

Lo que él ha llamado Sistema Ontogénico de los Tumores y Enfermedades Análogas es un desarrollo de su teoría hacia el comportamiento celular específico que define la realidad desde el punto de vista evolutivo.

Los microbios tienen una intensa participación ligada a cada hoja embrionaria. Los virus son activados por el Ectodermo. Las bacterias por el Mesodermo Nuevo, las micobacterias y los hongos por el Endodermo y el Mesodermo Antiguo. Cuando el conflicto es solucionado, ellos intervienen y provocan reacciones que en lugar de llamar enfermedades, Hamer llama soluciones biológicas. Todo esto ordenado por un cerebro que genera respuestas celulares y microbianas de acuerdo a la evaluación que hace sobre la necesidad de supervivencia de un órgano específico.

Quizás los nombres de alguno de los conflictos suenen demasiado psíquicos. El objetivo de todos estos movimientos, en donde el sistema nervioso autónomo es quien expresa la dirección a través de la simpaticotonía y la vagotonía, es la supervivencia. Hamer lo reitera una y otra vez. La enfermedad es un mecanismo de supervivencia.

 

15. El enigma del sentido (resumen).

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La clasificación de las enfermedades de la medicina occidental responde a la visión que la cultura occidental tiene sobre las manifestaciones de la naturaleza. Si observamos las clasificaciones de la medicina oriental, la tradicional china o la ayurvédica, nos encontraremos con enfermedades del viento, de la madera, del carácter pitta o vata. La interrelación entre el ser humano y su entorno. Los órganos se expresan de acuerdo al carácter de la persona o a la presencia de energías perversas.

La medicina occidental clasifica según lo que ve. Pero solo ve la materia, la función o el aspecto. No le interesa demasiado el carácter de un individuo ni los sucesos que vive. Y si los puede tomar en cuenta es solo para volver rápidamente a la materia y a la función, no para buscar el significado de esa relación. Esto no es una casualidad.

Un médico ayurveda debe conocer la personalidad de su paciente antes de meditar si le conviene comer coliflor o pollo. Un médico occidental contará las calorías para saber si su paciente puede descender de peso de acuerdo a una tabla.

Recuerdo un chiste que contaba Hamer en sus seminarios. Se les ofrece a tres científicos una prueba. Leer una guía de teléfono y memorizarla. El primero es un biólogo y ante la prueba pregunta cuál es la lógica de la misma. Le contestan que ninguna y se niega a hacerla. El segundo es un matemático, quien pregunta cuál es el desarrollo de la misma. Le dicen que ninguno y se niega a hacerlo. El tercero es un médico y se dispone a hacer la prueba solo preguntando de cuánto tiempo dispone para terminarla.

Así estamos frente a lo que llamamos enfermedad. No nos preguntamos nada. Solo vemos el fenómeno y creemos que hacer una medicina basada en la evidencia es ver más de cerca lo que ya vimos antes. O peor aún, hacer asociaciones entre fenómenos que llamamos conclusiones estadísticas.

Hamer patea el tablero y sale a gritar que la enfermedad es un programa de supervivencia, una solución biológica a un problema que no siempre es biológico. El cerebro interpreta que la necesidad de nutrición no es satisfecha y le da una solución biológica. El cerebro percibe que en el estómago hay algo que no pasa y rápidamente quiere eliminar ese trozo demasiado grande. Pero lo que está atascado allí no es un trozo de alimento, sino la traición de un amigo o la injusticia no reparada. No es que nuestro cerebro sea incapaz de diferenciar un trozo de alimento de una injusticia. Es
que la situación vivida lo sorprende, lo deja sin análisis ni discriminación. Le suspende la posibilidad de todo desplazamiento de sentido, de toda metáfora y ya no hay representación psíquica de todo lo que ese órgano puede percibir, sino solo representación psíquica de la función del órgano. No actúa nuestro moderno cerebro, sino nuestro antiguo cerebro. Es un cúmulo de tensión que por su intensidad no puede ser analizado ni asociado por la psiquis. Es el sistema nervioso autónomo quien responde. Un estado de alerta permanente que busca una solución biológica. Pero esto no es una decisión conciente. Se ha activado un programa cerebral de supervivencia.

Los programas

Cualquiera puede entender los programas cerebrales de inflamación o los de cicatrización. Ellos también son programas de supervivencia. Uno no le da la orden de cicatrizar a la herida. Eso es un programa cerebral. Tampoco ante un golpe uno interviene con su psiquis para que se inflame la zona y así lograr la recuperación. Tanto los programas cerebrales de inflamación o cicatrización persiguen un objetivo: reparar el daño, sobrevivir.

Los programas cerebrales que describe Hamer persiguen ese mismo objetivo. Pero la ciencia y la humanidad toda los han interpretado como programas de daño y los han llamado enfermedad. Lo que viene a decir Hamer es que son programas idénticos a los de la inflamación y la cicatrización, buscan evitar un daño mayor.

El trozo de carne demasiado grande que se ha atascado produce un programa de supervivencia que es la proliferación de las células que rodean al trozo de carne y así se eliminan las suficientes enzimas y jugos para disgregar el trozo y lograr que este pase. Esto dice Hamer. Todo lo que conocemos como enfermedad es un programa de supervivencia en un plano biológico. Pero en los humanos se ha trasladado a otro plano.

Se responde desde lo biológico a situaciones que no lo son. La injusticia debería ser reparada con una lucha territorial o una huida, discutir con el jefe o cambiar de trabajo. En cambio de esto, el estómago responde desde lo biológico. Esto debe entenderse, se responde desde lo biológico cuando debería responderse desde lo psicológico. Es por eso que la enfermedad no surge, como tantas veces escuchamos, desde un conflicto psicológico, sino desde un conflicto biológico.

No hay conflicto psicológico, o si lo hay no es la causa de la enfermedad. Lo que sí hay es una respuesta biológica porque lo vivido se escribe como conflicto biológico.

Podríamos decir que la enfermedad es un problema con el sentido de lo que sucede. De ese sentido lo que importa es que se convierte en biológico. Siempre que aparezca una enfermedad, lo único que importa es que lo que sucedió previamente a ella se convirtió (sea lo que sea) en un hecho biológico. Esto es lo que dice Hamer. Que si pasó o no algo antes de la aparición de la enfermedad, eso que pasó o no, generó una reacción biológica.

La conversión

¿Cómo se convierte un hecho que tiene que ver con la separación, con los vínculos, con el trabajo, con la vejez, con un viaje o con una mudanza en un hecho biológico? es la pregunta que debemos aprender a contestar si pretendemos desandar el camino y que ese hecho deje de generar una respuesta biológica.

Esta propuesta no es inocente. Nadie puede creer que la naturaleza, con lo detallista que ha demostrado ser en todas sus expresiones, haya creado la enfermedad como una manera de destruir al ser vivo. Las teorías evolucionistas han demostrado que si algo caracteriza a la naturaleza es la economía. Siempre elige lo que le da ventaja.

Matar a un ser vivo a través de la enfermedad no solo es anti económico, sino que no ofrece ninguna ventaja. Si la naturaleza quiere destruir a un ser vivo, lo hace con una rapidez y una eficiencia propia de ella. Desde lo individual hasta lo colectivo. Una muerte súbita, un terremoto, una epidemia. ¿A quién se le ocurre pensar que el objetivo de cualquier enfermedad sería la destrucción lenta y cruel de un ser vivo?

Si entendemos que el sentido de la enfermedad no es la destrucción del ser vivo, sino la resolución de un obstáculo, podemos comenzar a pensar en los mecanismos que utiliza esa inteligencia que llamamos la naturaleza. Desde el punto de vista biológico estos mecanismos son múltiples: inflamación, necrosis, proliferación celular, úlceras, parálisis, son los más estudiados. Si vemos a cada uno de ellos como mecanismos destructivos (así lo ve la medicina), intentaremos luchar contra ellos.

Las drogas, las cirugías, las radiaciones, son inventos de la medicina que surgen para combatirlos. Es lo que podemos llamar la medicina de la enfermedad. Si los comenzamos a ver como mecanismos puestos en marcha para superar obstáculos, ya no vamos a pensar en destruirlos, sino en entenderlos. El objetivo de ese entendimiento será poder superar el obstáculo, poder detener el mecanismo de superación del obstáculo.

También podrá ser tener una conciencia de lo que está ocurriendo y a partir de esa conciencia tomar decisiones que trasciendan la decisión biológica de superar el obstáculo.

La psiquis humana

Lo que estamos diciendo es que la medicina se ha instalado en un supuesto: la enfermedad es una falla. Y que a partir de ese supuesto esa falla se debe tratar. A partir de Hamer el supuesto es otro: la enfermedad es una respuesta biológica ante lo que ese organismo reconoce como insatisfacción biológica.

Las necesidades biológicas pueden ser satisfechas o no. El que no lo sean es una de las posibilidades. No hay error en ello. El organismo se creó antes que la psiquis humana y esto determinó que ante ciertos hechos sorpresivos y dramáticos, la psiquis queda suspendida y solo se responde desde el organismo biológico. Todo pasa a ser una decisión de supervivencia ante la cual no hay mente humana, sino mente evolutiva. Esa mente está registrada en las zonas más antiguas del cerebro y son ellas las que responden dando órdenes a los órganos con los que han creado conexiones desde hace millones de años. Esas órdenes son las mismas que usaron en situaciones de emergencia para sobrevivir.

Desde el punto de vista biológico esas órdenes se llaman: proliferaciones, úlceras, necrosis, etc. El objetivo de esas órdenes es la supervivencia: producir más enzimas, crear más espacio, hacer desaparecer células que ya no sirven, inmovilizar para sobrevivir. Todas son decisiones extremas.

Una parálisis sobrevendrá cuando cualquier movimiento genera posibilidad de muerte. Podemos decir que el cerebro obliga al ser vivo a hacerse el muerto para no morir.

Una úlcera aparece cuando el conducto deba aumentar su espacio. Podemos decir que el cerebro aumenta el diámetro del conducto para que pase más líquido.

Una proliferación celular se genera para endurecer la zona. Podemos decir que el cerebro endurece la zona para que no la rompan.

Una necrosis se genera para hacer desaparecer células que ya no sirven. El cerebro mata para no ser matado. Siempre habrá objetivo o sentido biológico. No psicológico.

 

16. Las dos posiciones (resumen).

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Decíamos antes que la dificultad (en la historia de la medicina) en entender los procesos de la vida que terminó llamando enfermedades, fue la franca exterminación que estos procesos producían. La Crisis Epileptoide y la vagotonía extrema se convirtieron en la imposibilidad de ver en ellas algo que buscaba la supervivencia. Así quedaron estancados en la visión mecanicista de que tanto la crisis como la vagotonía eran enfermedades en sí mismas y no fases de un proceso que la naturaleza había creado para la supervivencia del más apto.

Pero la humanidad no decidió seguir a la naturaleza. No lo ha hecho en casi nada y mucho menos en la decisión evolutiva de la supervivencia del más apto. La humanidad creó la cultura de la convivencia y no de la supervivencia, y creó conceptos alejados de la supervivencia, tales como la compasión, la música, la pintura, la informática y la necesidad de transferir valores culturales.

Es por eso que la medicina no pudo ver en la fiebre un mecanismo de supervivencia y se obstina en combatirla, al igual que al dolor, la angustia o el cansancio. A todos ellos los hemos incorporado en el rango de enfermedad. Hoy se combate el cansancio con el mismo mecanicismo con que se combaten los virus. Sin importarnos su sentido, su significado biológico, es decir, de supervivencia.

Esta visión de la enfermedad tiene tres elementos que la sostienen:

1) La tragedia: la posición fatalista se ve reflejada en esas cárceles llamadas hospitales y en esas celdas de reclusión llamadas salas de cuidados intensivos. La enfermera que desde el cuadro colgado en la pared pide silencio invita a un ambiente en donde la alegría, la risa o el ruido están prohibidos. Los médicos vestidos de blanco y que se pasean orgullosos delante de los pacientes que esperan nerviosos. El diagnóstico dicho con fingida seriedad, la crueldad de los estudios que aprietan, sangran y desnudan. Los sanatorios deberían tener un cartel que diga “usted entra aquí para sufrir”.

2) El mecanicismo: la lógica lineal en donde A es causa de B si A está cerca de B, o si siempre que sucede B sucede A, o si A está siempre antes que B. Si sus padres tuvieron cáncer es muy probable que usted tenga cáncer. Si usted tiene un nódulo en la mama, tendrá pronto una metástasis en el hueso. Si no hace gimnasia tendrá un infarto. Si no se hace un Papanicolau es una irresponsable. El mecanicismo está anudado a la tragedia, ya que todo apunta a la muerte y al sufrimiento.

3) La violencia: el sistema médico es un sistema de poder y emite juicios y condenas. Puede usar la fuerza. A los padres que no quieren vacunar a sus hijos por los graves riesgos que esas vacunas generan, se los lleva a la cárcel. A los médicos que desaconsejan la quimioterapia en pacientes cuyo estado físico no la toleraría, los pueden sumariar desde las colegiaturas médicas. Los instrumentos médicos son violentos: cortar, quemar, intoxicar. La violencia es el instrumento de ejecutar la tragedia de la enfermedad.

Ahora veamos los tres elementos que nos sostienen:

1) La alegría: la enfermedad no existe, es un invento. Lo que sí existe es el Programa de Emergencia Biológica transitorio. Es un acto de amor y así lo debemos tomar. ¡Gracias al grupo de células que está haciendo eso por mí! Cuanta alegría me da saber que este tumorcito me está salvando la vida. Imagino una sociedad que marcha contenta a ver a su médico para que le ayude a comprender su tumor.

2) La amorosidad: los médicos estamos para ayudar, acompañar y aliviar. Esa es nuestra función. Y eso no se puede hacer si no se respeta y se ama la dificultad del otro. La amorosidad no es acariciar a nuestros pacientes, sino llevarlos a la verdad y a la paz que necesitan para aprender a superar ese momento que ya no llamamos enfermedad.

3) La propuesta basada en el vínculo: los programas de emergencia biológica surgen de la dinámica de los vínculos. No son mecánicos. Porque mi mujer no me quiere, hago una dermatitis en las manos; o porque ya no puedo saltar hago una artrosis en la rodilla. Los programas biológicos tienen que ver con mi historia personal y familiar, con mis modelos mentales, con las particulares circunstancias que rodean los sucesos desencadenantes. Debo ser conciente de lo que quiero y para qué lo quiero. Es en ese sentido que descubro la posibilidad de acompañar al programa biológico de emergencia y de convivir con él hasta que ya no sea necesario.

Si alcanzamos esta comprensión, tanto la Epicrisis como la vagotonía extrema pueden ser abarcadas como fases del proceso de emergencia biológica y no como graves enfermedades que hay que combatir. Este abarcamiento no supone observarlas sin hacer nada, sino utilizar todos los instrumentos a nuestro alcance para aliviarlas y disminuirlas, pero en una visión que no deja entrar el miedo fatalista que desencadena nuevos programas de emergencia que no permiten la culminación de este proceso. Igualmente la Fase Activa de los programas (sobre todo los de las capas antiguas) podrá ser evaluada en esta nueva visión para su rápido desarrollo sin permitir la cronicidad ni la necesidad de llegar a fases de crisis severas.

Esta nueva posición es la que debemos ir creando en nuestros pacientes. Reemplazar el concepto de enfermedad por el de programa biológico de emergencia.

Las fiebres, el cansancio, el dolor, los sangrados pasarán a ser parte de un proceso que nos llevará inevitablemente a salir de un programa que es ajeno a nuestra voluntad. El sentido del trabajo del terapeuta es acompañar ese proceso hacia la recuperación del poder que ese programa le ha hecho perder. Ya no tendrá que estar ocupado por los fenómenos de ese programa, sino que podrá desarrollar su existencia con la libertad que ha perdido desde la activación de ese programa.

 

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