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1. Hipótesis sobre el rechazo a la verificación oficial de la Nueva Medicina.

1. Hipótesis sobre el rechazo a la
verificación oficial de la Nueva Medicina.

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Relacionada con la Nueva Medicina hay una pregunta que todo aquel que comienza a conocer sus propuestas tan revolucionarias termina haciéndose y que vendría a ser más o menos: ¿por qué ha fracasado tan estrepitosamente a la hora de trasladar a la sociedad su nuevo planteamiento para luchar contra las enfermedades?

Siendo además la propuesta de esta Nueva Medicina tan fácil de entender, tan simple en sus planteamientos y tan inmediata de llevar a la práctica, suele ser frecuente que cada nueva persona que conoce esta teoría, creada por Ryke Geer Hamer a principios de los años ochenta del pasado siglo, no llegue a explicarse cómo es posible que habiéndose curado miles de personas pueda haber sido rechazada sin darle opción a una verificación oficial. ¡Qué extraño!, pensará quien comienza a conocer lo sucedido con Hamer y su Nueva Medicina.

Este médico, que en su momento gozaba de reconocimiento entre sus compañeros de profesión, presentó una tesis que, como hemos dicho, pudo ser verificada sin demasiada dificultad, y el tribunal que la recibió, en lugar de proponer su verificación, le respondió que abjurase de dicha tesis o que abandonase su trabajo clínico. Ciertamente el comportamiento de ese tribunal fue un tanto extraño.

A lo largo de las siguientes décadas la persecución que sufrió Hamer fue todavía más difícil de explicar si atendemos a lo que este hombre hizo durante todo ese tiempo: pedir que se verificasen las 5 Leyes Biológicas.

¿Dónde está la lógica, la racionalidad, el simple sentido común, la demostración más básica de que como seres humanos trabajamos y luchamos en beneficio de nuestra especie, si en lugar de recibir con gratitud y esperanza una Nueva Medicina que promete la curación de las enfermedades nos dedicamos a encarcelar a su descubridor y a perseguir a quienes la practican?

Lo que más sorprende de la historia de la Nueva Medicina es que a lo largo de casi 30 años haya podido recibir ataques y descalificaciones de tribunales médicos, tribunales de justicia, medios de comunicación, y además, esto mismo haya sucedido en diferentes países. Digo que esto sorprende porque si usted se está iniciando en la teoría de esta Nueva Medicina, es posible que haya empezado a tener, cuando menos, la intuición de que sus planteamientos muy probablemente sean acertados.

Aunque nadie está a salvo de padecer injusticias, esta historia queda tan fuera de lo que podríamos esperar, por el continuo rechazo y acoso padecido, que más bien sería acertado plantearnos si al margen de la medicina oficial, o de la Nueva Medicina, no deberíamos poner en claro qué es lo que deseamos hacer con nuestra vida y con la de los demás. Si queremos conducirnos por un camino en el que buscamos la verdad o más bien estamos dispuestos a pasar por encima de ella, intentando favorecer determinados intereses cuya única verdad se demuestra por su materialización contable.

Que desde posiciones tan distantes como las de jueces, periodistas o médicos, la respuesta haya sido tan monocorde ante una propuesta de curación eficaz de las enfermedades, creo que despertará en casi cualquiera un ligero desasosiego, por lo menos en cualquier lector libre de prejuicios o al menos si no es tan fácil estar libre de prejuicios,  sin nada en contra inicialmente de la Nueva Medicina.

Téngase en cuenta, esto no lo debería de olvidar, que desde que Hamer ofreció al mundo su Nueva Medicina, en ningún momento se ha demostrado científicamente que sea equivocada. Sin embargo, si que pudieron conseguirse verificaciones en los primeros años, que demostraban que sus principios se cumplían. Es en esta posición en la que nos planteamos ¿qué ha sucedido para que Hamer y su Nueva Medicina hayan padecido años de rechazo y persecución?

Las que podrá leer a continuación son algunas de esas explicaciones que se han intentado dar para entender cómo ha sido posible que se le cortase el paso a la Nueva Medicina durante casi treinta años a una fácil y rápida verificación de sus principios. Nadie está hablando de una verificación que obligatoriamente demostrase que la Nueva Medicina fuese correcta, sino de una verificación que de manera científica pudiera determinar si Hamer estaba en lo cierto o se equivocaba. Veamos por lo tanto varias de esas hipótesis que acompañaré con algunos comentarios:

1. Hipótesis de la conspiración

Probablemente sea una de las primeras en las que cualquiera puede pensar y por lo general es la más (o casi única) mencionada en Internet. Esta hipótesis propone que la Nueva Medicina ha sido rechazada a lo largo de todos estos años porque es contraria a los intereses de determinados grupos económicos, en especial grandes empresas farmacéuticas, y a toda su área de influencia formada en su conjunto por el sistema sanitario. Se supone por lo tanto que, de alguna manera, esas empresas han influido en todos los que, teniendo algo que decir con relación a la verificación de la Nueva Medicina, se posicionaran en su contra.

Ya sabemos que los beneficios de las grandes empresas farmacéuticas son desbordadamente desproporcionados, así que podríamos también aceptar como posible que estas empresas pudieran presionar a tribunales médicos o a cualquier institución que pudiera hablar en nombre de la ciencia médica. Esto tampoco nos extrañaría demasiado, ya que es la rentabilidad económica la que determina qué merece ser investigado y qué debe de caer en el olvido, dejando al margen consideraciones de segunda, o tercera, fila como el número de personas que se ven afectadas por las enfermedades sobre las que se realiza algún tipo de investigación (piense por ejemplo en los millones de personas que sufren en el tercer mundo enfermedades cuya curación no despierta entusiasmo desde el punto de vista de la rentabilidad económica). Por lo tanto si es el capital el que decide los pasos que si pueden darse en el terreno científico, también puede decidir qué debería de acallarse.

Sin embargo, sin necesidad de demostrar que este poder de influencia sea cierto, y exista de hecho, sí que podemos comprobar que no ha sido la causa del rechazo de la verificación de la Nueva Medicina. Con esto que digo no estoy negando que en algún momento o en alguna medida, estas empresas no hayan ejercido presión para que Hamer y sus descubrimientos iniciasen el camino del descrédito, sino que no es posible explicar la persecución sufrida atendiendo sólo a esta tesis. Podemos dar por cierto que existan personas que tal vez estén a sueldo de las grandes farmacéuticas y que como fieles trabajadores sean incapaces de ver más allá de lo que puede beneficiar a esas empresas que hacen posible su vida, trabajo, familia con seguridad en su futuro...

También podemos admitir que muchas otras personas entiendan que la buena marcha de su trabajo-vida, aunque sea indirectamente, podría depender de que las empresas farmacéuticas, y en general el sistema médico, pueda continuar por el camino actual sin que se introduzca ningún tipo de crisis de principios ni planteamientos que hagan peligrar la actual forma de negocio.

También podríamos aceptar que cualquier tribunal de justicia se viese fácilmente manipulado en cuestiones médicas, ya que si tiene puesta su total confianza en quienes de manera oficial pueden pronunciarse sobre lo que es la Medicina, no debería de parecernos tan extraño que Hamer terminase hospedándose varias veces en la cárcel. De los medios de comunicación no nos vamos a extrañar de nada. Los periodistas son simples trabajadores que trasladan a sus lectores lo que se espera leer cada día en unos medios "responsables" que no pueden dedicarse a apoyar tesis de personas que han sido repudiadas por la oficialidad.

Por lo tanto, en apariencia podemos cerrar un círculo iniciado en las farmacéuticas que nos conduciría hasta los medios de comunicación, pasando por las instituciones médicas, que podrían convertir en cierta la hipótesis de la conspiración. Sin embargo, a lo largo de estos casi 30 años sí que ha habido médicos que han apoyado y aceptado como ciertos los principios de la Nueva Medicina, sí que ha habido medios de comunicación que ha publicado artículos en favor de Hamer, y hasta ha habido juicios favorables a la Nueva Medicina. Incluso, se ha obtenido la verificación de la Nueva Medicina por parte de alguna Universidad. Esto ha sido posible porque realmente no existe un obstáculo real e insalvable que hayan levantado las empresas farmacéuticas que impida que una persona pueda conocer y verificar, aunque sea de manera privada, la Nueva Medicina.

En esas grandes empresas no existe un grupo de trabajadores que en todo momento estén manejando un listado de cientos de miles de médicos, jueces, periodistas, para contactarlos cuando salta la alarma de que alguno de ellos está derribando esas barreras que le puedan permitir ver con claridad que la Nueva Medicina es cierta. Hasta el momento ese tipo de control mental no es posible. Tanto en el caso de que creyésemos como cierto que las empresas farmacéuticas ejercen una presión real, como dando por verdadero que esa precisión es auto ejercida por cada una de las personas que tienen algún puesto de responsabilidad en el sector médico (hipótesis más factible que la que implícitamente necesita del control mental de toda una comunidad), nos deberíamos de dar cuenta de que cualquier grupo de disidentes podría desenmascarar todo este tinglado. ¡Pero no ha sido así!

Lo que ha sucedido es que muy pocos médicos han estado a favor de la Nueva Medicina, y la práctica totalidad ni se ha pronunciado (éste es el grupo que más nos puede interesar, pues muchos médicos, en algún momento, conocieron de su existencia pero siguieron indiferentes a la misma), siendo también una minoría los que la han rechazado. Entre estos últimos no se ha dado el caso de ninguno que haya declarado algún tipo de presión. Recuerde que estamos tratando exclusivamente la tesis de la conspiración. Se lo menciono porque esta tesis no tiene mucho sentido en un panorama como el actual en el que el 99,9% de los médicos que en alguna ocasión han tenido conocimiento de la existencia de la Nueva Medicina lo que han hecho es ignorarla. ¿Lo han hecho porque han recibido previamente una carta de las empresas farmacéuticas advirtiéndoles al respecto? Yo diría que no.

El error de los que se suman a la tesis de la conspiración es que simplifican lo sucedido en exceso. Todo lo ven blanco o negro y, por lo tanto, para ellos sólo existen los que están a favor y los que están en contra de la Nueva Medicina. Si el motivo último del rechazo fuese la conspiración de las empresas farmacéuticas, entonces habría sido bien fácil que a lo largo de estos 30 años hubiese aparecido un heroico desertor denunciando las presiones recibidas. Pero en este sentido nadie se pronunció.

Como ya dije, no vamos a negar que en algún momento esa presión haya podido existir, pero dar por cierta una trama que sería mantenida a sabiendas de que mueren millones de personas cada año que en caso contrario, con la Nueva Medicina, podrían salvarse, esto sería imposible mantenerlo oculto, porque sólo haría falta la existencia de un hombre justo para hacer saltar por los aires toda esa corrupción.

En 30 años de historia de la Nueva Medicina ha sido más frecuente el desinterés que esa supuesta presión que, la verdad sea dicha, ni siquiera ha sido necesario ejercerla (salvo casos concretos). La tesis de la conspiración es muy poco satisfactoria para explicar lo sucedido. Es demasiado fácil encontrarle lagunas en las que carece de explicación válida, sin embargo puede servirnos de base para una ampliación que tal vez si pueda ayudarnos a comprender mejor por qué se ha rechazado la Nueva Medicina.

2. Hipótesis de la responsabilidad ante la hecatombe o "el folio de Hamer"

Como hemos visto, la hipótesis de la conspiración no es válida para explicar completamente por qué se produjo el rechazo a la Nueva Medicina. Resulta imposible creer que existiendo una desconexión casi total, en el sentido de que cada cual guardaba su independencia, entre medios de comunicación, tribunales médicos o jueces, que podían además encontrarse en países diferentes, se diese una respuesta tan uniforme de rechazo. Es bien cierto que en contadas ocasiones esa respuesta fue favorable, pero incluso en esos casos sólo había que dejar pasar el tiempo para que desapareciesen de escena esas pocas personas que confirmaron la veracidad de lo propuesta por Hamer, y para encontrar de nuevo ese paisaje público plano de opiniones siempre contrarias o indiferentes a la Nueva Medicina.

En ese trabajo nivelador del terreno siempre jugó un importante papel la prensa y la televisión, unos medios de comunicación, que salvo en aquel "desliz" cometido por el programa de televisión española "Preguntas y respuestas", siempre han demostrado que saben comportarse como excelentes perros de presa. Desde las instituciones médicas o científicas se marca la presa a cazar con argumentos supuestamente basados en equilibrados y sosegados razonamientos, y desde los periódicos se lanzan ataques sin medida ni lógica, pero fundamentados en las verdades ya establecidas desde estamentos superiores que ayudan a hacer pasar la mentira y la manipulación como la muy seria y respetable opinión de periodistas que, si bien se toman la licencia de un tono más pasional, respetan siempre los dictámenes de los científicos. No quiero decir con esto que ese sea el cometido de los medios de comunicación, pero si que es cierto que la selectiva y modelada información que nos presentan es una manipulación muy poco afortunada de la realidad.

Pues bien, me llamaba la atención esa uniformidad en los ataques a la Nueva Medicina. Desde la presentación ante un tribunal médico de Tübingen en el año 1981 de su tesis, que obtuvo la recomendación de abjurar de sus descubrimientos, hasta su marcha forzada a Noruega después de su paso por una prisión francesa, todo aquel que se ha cruzado en el camino de Hamer y ha podido hacer uso del poder que le otorgaba su posición, siempre le gratificó con una mala saña impropia de lo que podría esperar alguien que encuentra una solución para sacar nuestras vidas de la enfermedad o de una temprana muerte. Cualquiera podría pensar que vino Hamer a ¡estropearnos el sufrimiento y las tragedias que, antes o después, siempre coloca en nuestras vidas la enfermedad! ¡Vaya faena que nos hacía Hamer queriendo curarnos!

Como decía, no me parecía justificado con la hipótesis de la conspiración encontrar a personas que sin necesidad alguna de aleccionamiento daban una respuesta negativa a la Nueva Medicina. Entre los que despertaban mis dudas se encontraban únicamente los integrantes de la comunidad médica y en general los que teniendo el método científico como herramienta de trabajo habían tenido conocimiento de la Nueva Medicina. Tanto los periodistas como los jueces, por muy mala prensa y muy desacertados juicios que hubiesen ofrecido, no creaban ningún tipo de desajuste demasiado escandaloso respecto a lo que se esperaba de ellos, aunque la manipulación de la justicia, por simple decoro, no debería de ser un asunto tan fácil.

Dejando a un lado a esos autómatas teledirigidos, los que si me desconcertaban por comportarse como una orquesta tan bien afinada eran los científicos que debían de tener, cada uno de ellos, un trasfondo común de la suficiente fuerza y al mismo tiempo independiente de nacionalidades, cultura o nivel de conocimientos, que surgiese del interior de cada una de esas personas y les condujese a rechazar con unanimidad esa Nueva Medicina que proponía una nueva forma de curar a los enfermos. La propuesta de Hamer tenía la suficiente fuerza y entidad como para que no fuese nada difícil que ese reactivo despertase en todos los que tenían que dar una respuesta a la Nueva Medicina. Para intentar encontrar el nombre del reactivo que ha estado presente en cada una de esas personas que conocieron por primera vez la Nueva Medicina, lo que tenemos que hacer es ponernos en su lugar.

Imaginemos: cada año se publican cientos de miles de páginas con nuevas investigaciones sobre los más variados temas médicos en los que trabajan decenas de miles de personas que intentan aportar un poco más de luz en la lucha contra las enfermedades. En mitad de todo este maremagnum se presentó Hamer, con un solo folio (esto es una teatralización y simplificación, pero que resulta útil para comprender qué sucedió), donde aparecían sus leyes de la Nueva Medicina. ¿Qué pudieron pensar aquellos que tenían que dar una respuesta a la propuesta de Hamer? Que el mundo tal y como lo conocían dejaría de existir. Si la Nueva Medicina encontraba una pequeña vía de aceptación y de manera pública se reconocía que gracias a esas leyes se podían curar las enfermedades que quiebran la vida de tantas personas, entonces la que podemos llamar medicina oficial desaparecería, y junto a ella toda la industria medico farmacéutica. Esto no podría ser calificado como crisis sino como hecatombe, pues sería imposible controlar a sanos y enfermos, tanto en su petición de asistencia con la Nueva Medicina, como en su rechazo a todo lo que hasta ese momento pudiera recordar a la oficialidad. Sucedería así, pues la Nueva Medicina parte de unos principios que contradicen los que acepta la medicina oficial.

¿Qué podemos esperar de una medicina que nos dice que microorganismos causantes de la tuberculosis son en realidad nuestros aliados o que muchos cánceres forman parte de la Fase de Curación que se inscribe en una respuesta biológica con sentido, de tal manera que dando una solución definitiva a los conflictos que desataron esa respuesta en nuestro cuerpo, la curación llega por sí sola?

Lo que podríamos esperar es que esa nueva medicina arrasase no sólo con la medicina oficial, sino con toda una concepción del mundo que venimos aceptando desde hace milenios, que eche abajo de la noche a la mañana las bases de nuestra civilización y que siembre la incertidumbre ante la radicalidad de sus planteamientos completamente nuevos.

Ahora le pregunto a usted: ¿qué respuesta podían dar los médicos que tenían la responsabilidad de detener ese abismo que se escondía en ese simple folio que le presentaba Hamer? Probablemente en la respuesta de todos esos jurados médicos o de otros miembros de la comunidad científica, se mezclaba la responsabilidad frente a una revolución devastadora con el sistema establecido, el miedo ante el propio futuro, y por lo tanto, el egoísmo que prefiere mantener las propias ventajas antes que situarse ante la incertidumbre de lo que sería radicalmente desconocido.

Se equivocan, por lo tanto, quienes desde una candidez demasiado irresponsable, y nada realista, creen que poner en funcionamiento una medicina que garantice la curación de los enfermos justifica todo lo que tenga que suceder para que esto llegue a ser posible. Estas personas no llegan a comprender que la medicina oficial es mucho más que una medicina, es una nueva forma de vida para millones de personas y por lo tanto las curaciones puede que sean un objetivo secundario cuando de lo que se trata es de tomar decisiones respecto a la continuidad de ese sistema que hace posible que tantas familias puedan seguir con sus proyectos de vida. Esto no es una crítica a la Nueva Medicina, sino a quienes no supieron o no entendieron, que más que una Nueva Medicina, lo que tenían que ofrecer era una transición posible y mínimamente traumática a esa medicina.

También deberíamos de tener en cuenta en esta hipótesis del "folio de Hamer", que la enfermedad siempre ha situado a cualquier persona en una posición de marginación en la sociedad. Los enfermos eran los que lastraban a los ejércitos en su avance, los que comprometían la buena marcha de las empresas, los que desestabilizaban la prosperidad de las familias, los que introducían el miedo en colegios o pueblos. Si bien la desaparición de los enfermos (por lo menos su reducción tanto en número como en gravedad) podría ser deseable, no lo sería tanto si fuese a costa de poner en peligro el actual sistema económico. Sacrificar médicos por enfermos en esta búsqueda de la verdad no les debió de parecer demasiado razonable a todos los que rechazaron la Nueva Medicina.

El mundo no estaba preparado para un cambio tan radical, ya que intentar traer un poco de sentido y dignidad a nuestra sociedad habría sido insoportable para los mismos cimientos de nuestra decadente civilización. De hecho, esto se puede comprender echando mano de la Nueva Medicina, ya que gracias a ella sabemos que algunos procesos de curación pueden ser realmente fatídicos e indeseables. Podría parecer que esta hipótesis si que puede dar una acertada explicación de lo sucedido con Hamer y su medicina; sin embargo, tampoco es muy complicado encontrarle fallos que demostrarían su incapacidad para dar una correcta respuesta.

De hecho, podríamos rebatir esta hipótesis con cada uno de sus propios argumentos. Si suponemos que el egoísmo y la búsqueda del interés particular pudo conducir al sector medico-farmacéutico a rechazar la Nueva Medicina, también podríamos dar por cierto que los cazadores de nuevas oportunidades con las que hacerse ricos, y conseguir un futuro más próspero, podrían haberse lanzado sin compasión en defensa de una medicina que tenía todo el terreno virgen por delante. No niego que esas empresas o profesionales habrían tenido una dura tarea que desarrollar, pero todo lo que se hizo en este sentido fueron como pompas de jabón que desaparecieron tan discretamente como aparecieron.

Si pretendemos invocar a la responsabilidad ante el abismo, damos por hecho que todo aquel que llegó a conocer la Nueva Medicina se encontraba en una posición acomodada y alejada por completo de cualquier tragedia generada por enfermedades. Sin embargo, cada año un buen número de médicos se entregan a un trabajo desinteresado, desde el punto de vista económico, en países desfavorecidos en los que el abismo aparece día a día en consultorios donde se atienden a multitud de enfermos que tendrían en la Nueva Medicina su mejor aliado.

En resumen, la hipótesis que he llamado "el folio de Hamer" consigue dar una explicación interesante y con cierta lógica de por qué se rechazó la Nueva Medicina, pero pide una uniformidad en las respuestas contrarias que no llega a convencer del todo, pues sinceramente, vemos todo lo que nos puede ofrecer la Nueva Medicina y no podemos aceptar que la miseria humana sea tan grande como para no haya podido formarse a lo largo de estos años un grupo sólido que lograse hacer posible la verificación pública y oficial de esta medicina. Al igual que se han formado grupos de médicos que han estado dispuestos a viajar por el mundo atendiendo a los más desfavorecidos, ¿por qué no podíamos esperar ese mismo olvido del interés propio dando prioridad a la lucha contra el sufrimiento?

3. El mundo no posible de la Nueva Medicina

Como ya ha podido leer, tanto en el punto 1 como en el 2, nos encontramos con explicaciones que si bien pueden ser ciertas no permiten dar una respuesta satisfactoria a la pregunta de por qué la Nueva Medicina ha sido rechazada de manera tan uniforme en diferentes países y por personas que nada tenían en común.

Lo que estamos buscando es una identificación más precisa de ese reactivo común que hace actuar, como impulsados por un resorte, a jueces, médicos, políticos, periodistas, cada vez que se menciona la Nueva Medicina y que nos demuestre que esa respuesta negativa podía darse sin precisar de una presión o aleccionamiento inicial, que tampoco precisaba de una supuesta responsabilidad ante el abismo que podía introducir esta Nueva Medicina y además, por si esto fuese poco, necesitamos de una respuesta que sea compatible con la actitud de quienes se convirtieron en  seguidores de la Nueva Medicina.

Ese reactivo podría ser el siguiente: nadie ha creído que la Nueva Medicina pudiera construir un mundo posible.

Esto no lo han creído ni siquiera los seguidores de esta medicina, porque intentaron perpetuar el mismo modelo actual de una medicina que hace negocio a costa del enfermo, en la que éste todavía tiene que acudir a preguntar: ¿qué me sucede, doctor? Esto ha sido así porque el objetivo principal de todo aquel médico que conoció la Nueva Medicina no fue dedicarse a darla a conocer a todos, sino a montar una consulta privada o una clínica, donde atender a enfermos, pensaban en su propio futuro antes que en el de todos los que de ninguna manera podrían acceder a su consulta o a sus conocimientos.

La Nueva Medicina es mucho más que una medicina, es el inicio de una nueva manera de concebir el mundo y de establecer relaciones entre los seres humanos. Siendo así, ¿cómo se creía posible que su introducción en nuestra sociedad no necesitaría de más cambios que los que pudieran afectar al sector medico-farmacéutico?

La Nueva Medicina nos enseña que entre los seres vivos lo que existe, o debe de existir, es colaboración y que las enfermedades aparecen en multitud de ocasiones por el analfabeto entendimiento natural que tiene el hombre moderno de lo que es bueno o malo, y de un progreso contrario a la naturaleza.

Tan sólo por ese principio de colaboración, la Nueva Medicina resulta inaceptable en una sociedad en la que la explotación del ser humano es un derecho del que nadie está dispuesto a prescindir, ni médicos, ni jueces, ni periodistas, nadie que haya llegado a una posición en la que tenga algo que defender estará dispuesto a perder sus privilegios, por muy contranaturales que sean y más aún cuando esos privilegios se han hecho pasar por algo "natural" que todos quieren conquistar. Además, aquí ya nadie se plantea qué es bueno o malo, sino cómo podrá alcanzar el mayor beneficio.

La falta de escrúpulos o la antestesia de conciencia en el mercado laboral ante injusticias, se considera hoy día una actitud positiva y valiosa en los trabajadores. Cualquier trabajador (médico, juez, ingeniero, albañil, químico, panadero) sabe que poner al descubierto posibles daños que cause su labor sólo contribuirá a su propia desdicha personal, de ahí que se les descargue de cualquier culpa por consecuencias negativas de su trabajo, liberando al mismo tiempo su conciencia y creando seres que pueden sentirse inmaculados incluso cuando por su labor puedan sufrir o pedecer multitud de personas.

Pues bien, imagine ahora con este planteamiento el rechazo que recibió la Nueva Medicina. Parece que ahora se puede entender algo mejor. El panorama es el siguiente: nadie tiene culpa de nada. Nadie quiere complicarse con cuestionamientos que no son de su incumbencia. Aparece Hamer planteando un mundo incompatible con el actual y solicitando que de nuevo cada persona sea dueña de su vida y sea por lo tanto consciente del daño que puede causar, y de la verdadera naturaleza del bien y del mal que se ponen en juego en las relaciones interpersonales.

Ese mundo al que da inicio la Nueva Medicina sencillamente no es posible lanzarlo de forma abrupta desde el mundo actual, porque nuestra decadencia se desintegraría en cuestión de semanas dando paso al caos. Por esto mismo lo que siempre he echado en falta en los seguidores de la Nueva Medicina ha sido la elaboración de un plan sensato de transición hacia la nueva sociedad que se generaría, sin más remedio, al mismo tiempo que comenzase a aplicarse esta Nueva Medicina.

4. Hipótesis de las fuentes de la vida

He dejado para el final la hipótesis que considero más interesante y que puede dar la explicación más completa y sencilla de lo sucedido con la Nueva Medicina. No voy a negar que las otras tres hipótesis en su conjunto dan una buena respuesta a por qué se rechazó la medicina descubierta por Hamer. Pero, sinceramente, me parece que para considerarlas como las hipótesis acertadas en todas las circunstancias no serían válidas.

En el rechazo a la Nueva Medicina siempre me sorprendió, como ya lo he mencionado, la uniformidad del sector médico y cómo han transcurrido tres décadas en las que la teoría de esta medicina ha estado a disposición de cualquier persona, sin que ni una sola voz pública de la suficiente relevancia se haya dejado oír, preguntando tan sólo por qué se le negó la oportunidad de demostrar su veracidad.

Probablemente, para muchos este rechazo (en especial para los que creen en la hipótesis de la conspiración) les descubrió a unos seres humanos despiadados, dispuestos a todo con tal de conseguir su enriquecimiento personal. Para otros, que no comparten esa fácil división entre buenos y malos, el rechazo les tuvo que causar la intranquilidad de no poder responder a la pregunta: ¿hacia dónde se dirige nuestra sociedad? Y, sobre todo, les tuvo que sobrecoger que tantos seres humanos puedan ser sacrificados con el fin de mantener un sistema que hace posible la vida de otros tantos.

Yo sabía que aquello que estuviese detrás de esa negativa a la verificación de la Nueva Medicina debía de ser casi instintivo. No podía imaginar a tantos médicos y científicos que rechazaron la Nueva Medicina o no quisieron saber nada de ella, dilucidando qué sucedería con el mundo si le daban el visto bueno a esta medicina. De hecho, cuando he comentado este asunto con otras personas que conocían la Nueva Medicina, casi siempre era un tema sobre el que no habían reflexionado. Casi nadie se planteó cómo podría cambiar sus vidas la Nueva Medicina, al margen de asuntos de salud y enfermedad. Entonces, ¿por qué tenía que suponer que esos médicos siempre fueron tan adelantados en temas sociales?¿De verdad que imaginaron el mundo no posible de la Nueva Medicina?

Y aquí llegó mi respuesta:

Hemos estado tomando la vida como el gran valor incuestionable que todos colocamos en la cima de nuestra escala de valores. ¿Quiénes podían tener dudas sobre ese valor sin el cual nada es posible? En principio, nadie. De hecho, yo tampoco tengo dudas al respecto. Sin embargo, con la vida nos vemos obligados a hacer algo, y en cualquier caso de alguna manera tenemos que entender, valorar, enjuiciar, la vida propia y la de los demás. Hay vidas que son mejores que otras. Hay momentos de la vida que nos deparan felicidad y otros desgracia, podemos estar a punto de perderla o podemos dársela a nuestra descendencia. En definitiva, manejamos la vida al igual que podemos manejar lo que haremos un sábado por la tarde o la conversación que tendremos con unos amigos o el helado que nos comeremos mientras paseamos, pues eso mismo es parte de la vida.

Es, por lo tanto, imposible que podamos querer perder lo que somos. Es cierto que hay circunstancias que podemos llamar "especiales", en las cuales alguien no soporta esa vida y decide ponerle fin o puede que con promesas de otros mundos y otras vidas se esté dispuesto a perder la actual. Pero, imaginando a alguien centrado en su vida y desarrollando su potencial, ¿cómo podemos al mismo tiempo creer que puede desear perderla? Pues bien, puede que desear perderla no sea la expresión acertada, pero que se muestren indiferentes ante la posibilidad de perderla es una realidad en la vida de millones de personas.

Equivocadamente creemos que esa lucha en contra de la propia vida es un imposible, y para esto imaginamos a alguien ahogándose y sólo podemos pensar en una persona que en esa situación hace todo lo posible para escapar de ese ahogo.

Imaginamos a alguien que sufre un infarto y pensamos en alguien con miedo porque cree que va a perder su vida. Imaginamos a alguien que viaja en un avión que va a estrellarse y sólo podemos pensar en una persona que, desesperada, creerá que su vida llegó a su final. Pero lo anterior lo único que nos demuestra es que en situaciones extremas, donde el final de la vida se nos muestra demasiado cercano, reaccionamos instintivamente, como queriendo escapar de ese final.

A diario, sin embargo, se nos puede presentar el final de nuestra vida de manera mucho más desapasionada, menos trágica y con tonalidad intrascendente. Los accidentes en el hogar son un buen ejemplo de muertes que se presentan mientras alguien está tostando el pan y queda electrocutado o cuando va a darse un baño y resbala en la bañera dándose un golpe que le sesga la vida. Esas muertes no son realmente accidentes, porque al denominarlos así pretendemos hacer desaparecer cualquier responsabilidad en ellas. Pero la realidad, y he aquí el mensaje contundente, es que muchísimas de esas muertes sí podrían evitarse. A lo que no estamos dispuestos es a crear entornos más seguros que al mismo tiempo tendrían costes económicos mucho más elevados.

La vida también podemos perderla poco a poco, sin necesidad de que todo se decida en un momento fatídico. Aceptamos por lo tanto convivir con herramientas o en lugares o manteniendo costumbres que nos van a conducir a perder la vida, y a pesar de esto no adoptamos la actitud desesperada de quien se está ahogando o está sufriendo un infarto.

En la búsqueda de una conclusión final, necesito también que se entienda que la vida se identifica con lo que hace posible la vida. Vivir es desde luego viajar (pero ya me dirá usted cómo podría ir a Brasil si no tuviese su actual trabajo); vivir también es disfrutar del amor de otra persona (pero sin esa otra persona o sin su decisión para iniciar una relación, de poco amor podría disfrutar); vivir también es darse un estupendo baño en el mar (pero no olvide que para hacer posible ese baño antes tuvo que aprender a nadar). Vivir por lo tanto puede que sea lo que nos sucede en la vida, pero lo que hacemos en esa vida, y por lo tanto el mismo hecho de vivir, es sólo posible gracias a lo que permite y fomenta la vida.

La vida hoy día es equivalente, por lo menos en el sentido de hacerla posible y fomentarla, al desarrollo, progreso y prosperidad de nuestra civilización. Todo aquello que contribuya a mejorar esa prosperidad será tomado como fuente de nueva vida.

Lo que sucedió con el rechazo de la Nueva Medicina fue que nadie estuvo dispuesto a poner en peligro lo que hacia posible la vida cuando la recompensa sería "tan sólo" salvar algunas o muchas vidas presentes. Lo que hace posible la vida (industrias, sistema económico, historia) no nos habla de no expirar por cualesquiera enfermedades que podamos imaginar (que es lo que nos permite la Nueva Medicina), sino que lo que hace posible la vida nos habla de todo lo que si podremos hacer en esa vida, y esa es su enorme fuerza.

La vida en sí misma no es nada. Prometer que alguien no muera de un infarto no tiene mucha fuerza, porque ya hemos visto que la gente si puede convivir en situaciones que demuestran ser límites o que acabarán con su vida poco a poco, pero hasta que no se produce la tragedia ni se alteran.
Desde luego que nadie quiere morir, pero entre la promesa de no morir (por lo menos no hacerlo antes de tiempo) y la promesa de una vida repleta de bienestar, muy pocas personas dudarán. Por esto, esos médicos que tuvieron en su mano permitir que la Nueva Medicina pudiera ser verificada tampoco dudaron. Estos médicos sabían que la Nueva Medicina seguramente podría ser verificada, y probablemente hasta de una manera sencilla. Pero no estaban dispuestos a ir en contra de la vida (de lo que hace posible la vida) puesto que la Nueva Medicina demostraba ser tan radicalmente diferente a la medicina actual y sus planteamientos eran tan revolucionarios, que poner en marcha esa medicina habría supuesto sin más remedio la llegada de la primera verdadera revolución de toda la historia de la Humanidad.

¿A cuántas personas que viven pensando en sus vacaciones de verano y en comprarse un nuevo apartamento en otra ciudad puede imaginar usted deseosas de que llegue una gran revolución? Yo a ninguna, ya sean médicos, periodistas, abogados,.

Puede ser cierto que estas personas intentasen defender la vida (las supuestas fuentes de vida) pero al rechazar la Nueva Medicina iniciaron un camino trágico. Quienes conocemos la Nueva Medicina sabemos que desde hace tres décadas se están cometiendo asesinatos, ya no se les puede llamar simplemente muertes en nombre de la prosperidad económica que ha sido identificada con la vida.

Hoy día la gente está muriendo para que otros puedan seguir teniendo nuevos coches, nuevas casas o nuevas vacaciones.

 

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